miércoles, 21 de noviembre de 2012

La cancha (relato)


El día que Juan Crisóstomo Fernández, astro del futbol nacional, delantero contundente, tres veces campeón de goleo e hijo predilecto de San Bernardo los Cerritos inauguró la cancha del pueblo, volaron fuegos artificiales, se mataron marranos, cabritos y las reservas de destilados fueron ofrecidas en la mayor fiesta que quienes estuvimos gozamos en toda nuestra vida. Al día siguiente, de camino a la capital, a la concentración del club, Juan Crisóstomo Fernández falleció.

Al sepelio concurrió todo el pueblo y gente de los cercanos, todavía afectados por la resaca del festejo. El alcalde leyó un discurso fúnebre que escribió papá – desde entonces su mayor orgullo- y todos desfilamos frente al féretro abierto en el circulo central de la cancha. La reconstrucción facial fue excelente y por tanto macabra. Fue la última vez que alguien piso el césped del rectángulo verde.

Por supuesto, con la excepción de Don Benito, hijo de María Rosa, hermana de la madre del astro; de oficio jardinero, resultaba ser el pariente más cercano del difunto.  Esa cercanía en la línea sanguínea, casi mística, fue la que decidió su lugar privilegiado en San Bernando: por encargo del consejo y creían algunos, por designio divino, llegaba todos los días a la cancha, se calzaba las calcetas especiales, tomaba las tijeras -afiladas cada noche- y abría la puerta del enrejado que un año después de la inauguración encerró los sueños futbolísticos de los niños del pueblo, para cortar el césped con un cuidado excepcional.

Dijo el consejo y esperaba la gente, que la cancha volvería a ser abierta cuando llegará al pueblo  un club profesional, como lo había querido Juan Crisóstomo. Nosotros, los que corrimos hace años con camisetas que portaban el nombre del héroe pintado a mano y que alcanzamos a corear los goles de las temporada gloriosas, nos conformamos con jugar a unos metros del lugar sagrado.

Una sola vez ocurrió la tragedia. Fabián cruzo la pierna en el trayecto de nuestro balón a la portería improvisada con piedras y la esférica se elevó tanto que cruzó la reja de la cancha. Nadie se atrevió a entrar por ella. Cuando los grandes se enteraron fuimos llamados a juicio, cada uno en su casa. La mamá de Fabi le propinó una golpiza épica. Tardó 10 meses en volver a unirse a nuestro juego.

De entre los niños, fue Reinaldo el más talentoso. Ya desde los primeros juegos se notaba una capacidad de birle nada común entre los Bernardinos. Él se convirtió en la esperanza del pueblo. Cuando se dieron cuenta de su forma de ofrecer y esconder el balón fue llevado con Lucila, quien después de leerle el café auguró gloria en sus botines. Por eso, el día que tomó el bus para ir a la capital a probarse con el Atlético, las ollas hirvieron la mejor carne maciza, como esperando las buenas noticias. Don Benito redobló el esmero, si eso era posible, con que cortaba el césped y el alcalde ordenó agilizar todo papeleo que incumbiera al municipio para tener libre  día de la vuelta, por si acaso (por supuesto, nunca había papeles importantes). Pero Rei regresó antes del día esperado, con los parpados secos por las lágrimas y se encerró en su casa. El párroco se encargó de ir a averiguar las noticias. Bajo secreto de confesión le sacó a Reinaldo lo que ya todos sabíamos: había sido rechazado.

Parece que el tiempo no pasa en los pueblos, pero en el nuestro una señal nos recordaba que los días consumen la vida: las manos de Don Benito se fueron haciendo viejas. Cada vez le costaba mayor trabajo sostener las mismas tijeras. Poco a poco nos fuimos dando cuenta de que ya no alcanzaba a podar la misma proporción de césped  que los años anteriores. El consejo se preocupó, pero en seguida los más jóvenes se entusiasmaron con la idea de ser elegidos para continuar el ritual.

Pronto, los rumores de a quién se elegiría para cuidar del césped comenzaron a ser el tema predilecto de San Bernardo de los Cerritos. Inmediata, posible, la idea del sucesor de Don Benito se volvió más relevante que la del sucesor de Juan Crisóstomo. El pueblo, como en mucho tiempo no pasaba, cambió la veneración de los pies por la de las manos.

Todo esto no pasó desapercibido ante el jardinero. Aunque pocos se dieran cuenta, los más observadores comenzamos a notar la tristeza de sus brazos, además de una pisada extraña, entre rencorosa y agotada al avanzar por las figuras del pasto.

Pero fue el propio Benito el que tomo cartas en el asunto. Mientras sus fuerzas parecían disminuir más temprano se presentaba al ritual diario. Se quitaba los zapatos, se ponía las calcetas especiales y entraba a podar. Ponía gran esmero en la labor, mientras el pueblo lo miraba con admiración compasiva.
Fue Fabián el que se dio cuenta desde lo alto de su azotea, que los trazos sobre el pasto adquirían de a poco señales extrañas. Me lo dijo una tarde y lo pude confirmar de inmediato. A tres cuartos de cancha, más próximo a la portería norte, un círculo apenas perceptible sobre el verde sugería que algo iba a pasar. Y pasó.

 La madrugada de aquel domingo, Don Benito salió de la cama, llevaba en su espalda un bulto. Con todo sigilo se dirigió a la cancha. Abrió la puerta del enrejado y sin hacer ruido, se quitó los zapatos y entró al lugar santo de San Bernardo. Debió dormir en el pasto, a un costado de la línea lateral, cerca de la banca, a donde se refugiaría con los primeros rayos del sol. Cerca de las 7 de la mañana, cuando la gente se dirigía a misa, el hombre se despertó y tomo lugar en una de las butacas del área técnica de los locales. En seguida la gente comenzó a hacerse preguntas.

Con la campanada que anunciaba la primera misa del día, ante los ojos atónitos de los fieles, el jardinero se calzó los zapatos de futbol, se ajustó un short nuevo y alisó con la mano las arrugas del jersey. Camino hacia la portería sur, profanando con la suela el césped casi virgen de la cancha.

Una vez en el manchón penal, comenzó a correr hacia la portería norte. Sus pasos eran torpes y la conducción del balón poco talentosa. Lo ayudaban extraños surcos de pasto, creados disimuladamente con las tijeras. Llegando a los tres cuartos, con un toque, colocó la esférica en el círculo que antes le habíamos descubierto, se perfiló y aventuró un disparo hacia la portería mientras el impulso lo derribaba como a un muñeco. La pelota voló sólo un poco y pasando el área chica cayó, rodando débilmente, de forma desafinada, sin chiste,  sin gracia, hasta la línea final, para insertarse en la portería  en el gol más espantoso que algún Bernardino hubiera visto, pero el único en esa cancha.

El jardinero se dio vuelta sobre el césped, festejó su gol llorando y dejando ver en letras blancas la pintura a mano sobre el jersey: “Benito”, y de manera subrayada, el número 10 que portara el astro Juan Crisóstomo Fernández. 

jueves, 4 de octubre de 2012

Florecita (relato)

La florecilla violeta se aferró al racimo con todas sus fuerzas. Su cuerpecito temblaba. El resto de las flores que habían crecido con ella caían de a poco, sin atreverse a resistir. Pero ella no quería, así que contuvo la respiración y trató de ocultarse del viento. Era inútil. Sus compañeras se entregaban a la gravedad y la dejaban sin resguardo. 

Pronto se le acabaron las fuerzas, después de todo, qué podía una simple florecilla contra las leyes de la naturaleza. Cerró los ojos y cedió al desguance. Sintió vértigo. Un sonido apenas perceptible anunció la inminencia del final. Quiso llorar.

Una lagrimita de savia violeta resbaló por ella y se precipito sobre el césped, unos 6 metros abajo. Se consoló pensando que tal vez, si alcanzaba a recuperar las fuerzas y medía con exactitud los movimientos del aire, podría caer en el cuerpo de aquella mujer que cantaba al pie del tronco. La idea era de difícil ejecución, pero con suerte tendría los segundos necesarios para acomodar su cuerpo. Fue por eso que abrió los ojos y cuando lo hizo pudo ver caer con toda violencia a algunas flores de otros racimos.

Se asustó. Miró desesperadamente a su alrededor y entonces se dio cuenta de que no eran ellas quienes caían con violencia, ¡era ella la que caía de forma inusitadamente lenta! ¿Qué estaba pasando?

Sin encontrar explicación, se alegró tanto que dio una pirueta y extendiéndose pretendió que el viento decidiera su rumbo. A esa velocidad, podría terminar de escuchar la canción de aquella chica y eso la hacia completamente feliz.

Pero no era el aire lo que movía a la pequeña. Un extraño impulso de las notas que salían de la boca y otro del baile de los dedos de la chica al pie de la jacaranda, le impedían la caída libre y la llevaban de un lado a otro.

A veces dibujando círculos, otras en movimientos informes, se fue encontrando con la plenitud del árbol. Sus insectos, las miles de hojas y millones de hojuelas. Conoció y se maravillo de ver el tronco que se alzaba majestuoso. Pasó de frente a una ardilla que se sorprendió al verla flotar, sin entender la magia que detenía la gravedad.

Se fue acercando al cuerpo de la joven y al cuerpo del hombre que descansaba recostado en sus piernas. Cuando casi pudo tocar algunos de sus cabellos, dispersos, se dio cuenta de todo. La música terminaba. Suspiro profundamente y deseó nuevamente caer en el cuerpo de la cantante. 

Y la melodía dio fin. Y la florecita, que había rozado los cabellos, cayó sobre el césped, a un par de cuartas de la mano que tanto quería. Sobre el verde la vida se le terminó, tal como dicta la naturaleza, pero antes de que acabara por completo, esa mujer la cogió, la puso cerca de mi nariz y me dio un beso muy lento y muy grande.

jueves, 6 de septiembre de 2012

Mudanza (relato)


Mañana se va. En la estancia ya están sus maletas, su ropa, sus discos, sus libros. Los muñecos de peluche quedaron en el cesto, menos el oso gris, que cuelga de la agarradera de la maleta más chica.  Cuesta trabajo mantener la calma cuando tantos años de convivencia han llenado de recuerdos la casa que hoy luce vacía, como victima de un saqueo.

Hace un par de horas cenamos juntos. Preparo el café como sólo él sabe prepararlo. La cocina y la sala se llenaron de olor a grano y a vainilla. Me animé a preparar la cena; abrí el refrigerador pero por dentro lucía tan desolado como la habitación que compartimos. Saqué un par de filetes de la nevera, los sazoné y los coloqué en el sartén, mientras me sentaba en la silla de madera que siempre estorbó en la cocina.

Desde allí contemple la sala, la mancha de salsa en la alfombra que nunca pudimos eliminar. Vi la televisión que suponía el olvido del estrés del trabajo y me pregunté cómo carajos esa pinche caja desplazó a los oídos de la otra parte de la pareja, sin importar si era él o era yo. Debajo de la pantalla estaba la muñeca tejida que compramos en las vacaciones del último año, el último regalo que nos dimos, pagamos cada uno la mitad de esa muñeca. También fue el último hotel en el que dormimos. La cama era pequeña, mucho más que la cama de la casa, pero sofocaba mucho menos de lo que nos sofocó la nuestra en los últimos meses.

Entonces bajó corriendo las escaleras, regresé de mis pensamientos y creí que me quería decir algo con urgencia. No dijo nada. En lugar de eso corrió a la estufa y la apagó, mientras tiraba a la basura los filetes carbonizados. Ni siquiera reclamó, aunque por dentro le gritaba que me gritara, que me dijera lo estúpida que fui por dejar la carne sobre el fuego y perderme en la inmensidad de los recuerdos.

Tomó el teléfono y pidió una pizza hawaiana. Pensó que no me di cuenta, supuso que yo no sabía cuanto detestaba ese sabor, por considerarlo común, sin chiste. Pero no hice nada. Para qué íbamos a discutir la última noche.

Entre la vainilla y el olor a carbón cenamos casi en silencio. Nos guardamos nuestros reclamos y nuestros odios, yo en la alacena y él en la maleta grande, donde guardó sus jeans y sus libros favoritos.

Después subió al cuarto. Me pidió prestada una toalla, la suya estaba extraviada en las maletas, y se metió a la ducha. Comenzó a cantar. Evitó lo patético, ninguna de desamor. Así es él. De momento, hace un instante, guardó silencio. No sé por qué. Imagino que algunas lagrimas corren por su rostro confundiéndose con las que deja caer la regadera, perdiéndose en la coladera.

Lo pienso desde el sillón. Lo imagino sin querer ponerse la última muda de ropa que queda sin empacar en la casa.

Pronto bajará a dormir. Le quiero pedir que se quede en la habitación, que duerma conmigo, que sea nuestro último sueño compartido.

Suena su celular sobre la mesa de centro. Frente a mí. Debe ser ella. Espero que sea ella. Que haya alguien más que pueda ocupar la línea del móvil. Contesto y una voz femenina me da esperanzas. Pero una familiaridad en las vocales me las quita. Es su hermana y no le quiere dejar recados. No quiere hablar conmigo.

Me dan ganas de llorar. Hundo mi rostro en uno de los cojines. No sabré en que momento me voy a quedar dormida, con la esperanza de despertar a lado de él. No sabré la hora en que él me despertará y con su voz suave me dirá que la habitación está arreglada, y yo caminaré a ella con los ojos acuosos y sólo le diré: perdóname, con la jodida certeza de que ya me perdonó.

Mañana se va. Y cuando despierte ya no estará. El silencio será terrible. Entonces sonará el timbre de la puerta y correré a abrir, con las lágrimas secas, pero al abrir la puerta no será él, porque yo lo eché y le di un plazo para dejar la casa, un plazo que llegó y pasó, y él se fue respetando mi decisión, mis ganas adolescentes de cambiarlo, y el que está tras de la puerta es ese hombre que desde algunos ángulos luce mejor, y que todos piensan que es mejor, pero que nunca será tan imperfecto como el que dejo la casa por la mañana. Y por eso le cierro la puerta sin decir una palabra y subo las escaleras despacio, y me acuesto en la cama para intentar dormir el resto del día, tal vez el resto del mes, o del año. 

jueves, 30 de agosto de 2012

Fauna de alfombra (relato)


Mientras la miraba embelesado, un gato negro y grande permanecía inmóvil, sentado en la ventana, con la mirada perdida en la noche, cinco calles más allá de ellos.

Y él la miraba, sin saber del perro que en la azotea de enfrente dejaba de ladrar para preparar el aullido que dirigiría a la luna, que no era llena, pero poco faltaba para que lo fuera.

Y no le decía nada y no hacia falta, pero respiraba y su aliento llegaba, aunque con debilidad, al cuello de ella, descansado en otro cojín, sobre la misma alfombra.

Y ella movía la mano. Apuntaba al techo y dibujaba espirales, como las espirales del aire al paso de la lechuza que volaba con extremado silencio en un lugar a cientos de kilómetros de distancia.

Él la miraba. Observaba el todo brillante de su piel bajo el brillo de la luz artificial, y miraba la marca de la vacuna que hace años la había inoculado contra la tuberculosis.

Ella preguntó qué miraba, y él no dijo nada, pero apuntó con el dedo esa zona, a pocos centímetros del suelo, a la misma altura que tenía el césped  que en el parque esperaba por ser podado.

Ella se inspeccionó el brazo y vio la cicatriz. Bajó aun más el tirante de su blusa dejando ver la totalidad del hombro. Las pupilas de él se dilataron. Ella soltó una pequeña risa.  

Apenas se escuchó, como apenas se escuchaban los cantitos de los grillos, escondidos en algún lugar del pequeño departamento. Lo que dominaba el sonido, eran las respiraciones.

Con la traslación del tirante, esa fracción de piel tuvo su apogeo, y entonces él vio de nuevo ese lunar que dominaba casi en la  cima del hombro. Pequeño insecto negro. Pedazo de vacío.

Y al vacío quiso arrojarse, por eso se acercó  mientras ella inhalaba suficiente aire para no producir más sonidos y un hormigueo se le hacía presente desde el abdomen hasta la vagina.

Colocó la palma de su mano en el dorso de la de ella y con la nariz escaló el brazo, como araña subiendo en el hilo, mordiendo el codo y estirándole la piel a manera de descanso.

Ella exhaló, trago saliva y volvió a introducir aire profundamente. Tensó el trapecio y preparó el hombro, entregado al aire, a la boca, bello, portentoso. Él espero un segundo allí en la cima, acercó el aliento y se entregó a la penumbra, al abismo circular donde el ojo humano nada puede hacer.

Entonces, el gato en la ventana, movió la cabeza.  

jueves, 23 de agosto de 2012

Letras en el asfalto, parte 1 (relato)


No pudo evitar ponerse roja después de decir “te quiero”. La voz se le quebró un poco, pero obtuvo su compensación cuando el calor se me subió a la frente y le respondí: "yo te quiero más". Quiso decir algo, no sé qué, pero no pudo, y entonces me abrazó.

Así era Carolina. Tenía pocas palabras, pero nunca conocí brazos más elocuentes.  Yo creo que era una cuestión de familia. Sus dos papás tenían que salir a trabajar, así que ella partía su vida en tres lugares: de ocho a una iba a la escuela, de una a ocho vivía, comía y hacía tarea en la casa de su abuela. A las ocho su mamá la recogía y la llevaba a casa para cenar y dormir.

Su mamá se preocupaba mucho. Nunca lo dijo, pero se le notaba en la cara. Su papá era un misterio para el resto de los niños, pero Carolina lo quería mucho. Hasta donde sabíamos, trabajaba fuera de la ciudad y sólo podía verla el fin de semana, el día más divertido.


La conocía desde cuarto grado, cuando tuve que mudarme de ciudad porque a uno de mis papás lo corrieron del trabajo. Dejamos la casa, el barrio, la ciudad, para irnos a vivir a una nueva, donde “nos dejaran vivir en paz”.

Llegar a un nuevo lugar siempre es complicado. Y se imaginarán el primer día de clases en la nueva escuela. Papá Hugo me llevó hasta el salón, entré temblando, la maestra me recibió, se despidió de papá y me presentó ante la clase. “Niños, este es su nuevo compañero, se llama Mario, como llegó tarde al curso les voy a pedir que lo ayuden a ponerse al corriente”. Busqué un asiento desocupado y me fui a sentar, aunque estaba algo apartado del resto del grupo, o tal vez por eso. Antes de un minuto, dos sillas se estaban moviendo, abriendo un espacio para que jalara la mía en medio de ellas, eran Ramón y Carolina, quienes me invitaban a sentarme con ellos. De inmediato me hice su amigo y para el final del recreo ya no me sentía un extraño. Hubo una conexión, inocente si se quiere, entre yo y los niños del cuarto b, por primera vez me sentí parte de algo, y lo hice desde el momento en que jugamos futbol en la explanada, con los suéteres como postes de la portería y el bote de frutsi como balón.

Al día siguiente las cosas cambiaron en la cancha. Papá Roberto, que había hablado por teléfono al terminar las clases, había llevado a casa un balón nuevo pintado con los colores del Barcelona. Lo llevé a la escuela. Al principio, nadie se animaba a jugar, decían que se iba a hacer feo, Ramón me explicó que nunca habían jugado con uno original, pero después de perderle el miedo se armó una buena reta contra el cuarto A. No metí un solo gol y aunque perdimos, todos hablaban del que metió Caro y los que paró mi mejor amigo.


La maestra Anita era una mujer muy buena y siempre me ayudó mucho. Aunque puso a los más adelantados de la clase para auxiliarme, la verdad es que yo terminé ayudándolos a ellos.

Nunca olvidare como intercedió por mí en el primer problema. Era viernes de fin de mes y los tutores iban a junta para escuchar las indicaciones que fuera a dar la profesora y exponer sus preocupaciones. Tímida, la mamá de Arturo levantó la mano y preguntó: “y… ¿no es raro que tenga dos papás?”  Todo el salón guardó silencio, pero la maestra Anita ni se inmutó y contestó de inmediato. “Pues no es raro. Muchos aquí sólo tienen en casa a mamá, Paco vive sólo con su papá; usted doña Alicia, ha sabido muy bien cuidar sin ayuda a su nieta. Todos son diferentes y respetamos y queremos a todos.

Yo no sabía que hacer. Bajé la mirada y dejé de escuchar lo que hablaban los adultos, sentí que me ponía rojo y se me iba a escapar una lágrima. Entonces sentí por primera vez esos brazos delgados, elocuentes, que pasaban por mi espalda para abrazarme. Era Carolina y a nombre del grupo, aunque no de todos, me decía: “Te queremos”.

Por entonces no sabía qué era, pero sentí algo muy bonito. Cuando terminó esa junta, cuando terminó el día y me fui a acostar, no dejaba de pensar en lo feliz que era en esa escuela, con mi maestra para defenderme y con Carolina para… para… 

jueves, 16 de agosto de 2012

Las 11 (Relato)


Extendió las manos, encogió los dedos y se detuvo. ¿Para qué? Para qué comenzar con la rutina del tecleo con convencionalismos del tipo  “¿Cómo estás?” sin que el “bien, gracias” significara algo.

Tres segundos antes había sonreído lleno de emoción. La pereza con que miraba al ordenador, recostado en la cama y recargada la cabeza en la pared, desapareció casi mágicamente cuando vio el punto verde aparecer junto al nombre de ella. Se irguió, acomodó la computadora en el escritorio, se sentó en la silla giratoria y extendió las manos.

¿Para qué?  Siempre era él el que comenzaba las conversaciones, que no derivaban en nada interesante si no las sabía llevar a buen puerto. Si tan sólo ella tuviera una vez la iniciativa. Poquita cosa, nada más un “hola” que lo hiciera sentir, ya no digamos importante, al menos interesante o divertido. Pero eso no había pasado y seguramente no pasaría. No había antecedentes, ni uno en el par de meses que llevaba esperando la llegada de las 11 de la noche mientras fumaba o perdiendo el tiempo tumbado en la cama.

Las 11 de la noche. A veces 11 con 5 minutos, pero nunca 11 con seis, rara vez 10 con 59. Si un aliciente tenía para seguir en la guardia era ese, no  las insinuaciones nunca respondidas ni los comentarios de cariño estilo “eres un buen amigo”, sólo la puntualidad con que ella llegaba a la red social.

Buen amigo, quizá. De que otra forma le seguiría hablando después del par de desplantes anteriores a la época de la espera cibernética. Las invitaciones rechazadas bajo pretextos comunes. O tal vez no eran pretextos. Quién sabe.

Se puso de pie, el reloj marcaba las 11 con 3. Fue a tomar agua y lleno el vaso lento, lo bebió en la cocina a sorbos pequeños, extendiendo la duración del líquido. Abrió el refrigerador y sacó el jamón, la mayonesa, una rodaja de piña y de la alacena extrajo el pan Bimbo.  La lentitud parecía un defecto imposible. Empuñó el sándwich y se dirigió a la pantalla para comprobar que apenas eran las 11 y 10 y no, ella no había dicho hola.

Se molestó y casi al mismo tiempo se reprendió por hacerlo. Mordió con fuerza el pan y un pedazo de piña cayó sobre el teclado, escribiendo en la ventana de conversación el fonema “HU”. Pasó los dedos sobre la mancha de jugo y  sólo consiguió expandirla. Se desesperó y de dos mordidas metió el sándwich a su boca, empujando con los dedos su totalidad. Sin poder hacerlo bien tomó aire, tragó la comida en ello gastó otros minutos, pero nada, ella no iba a escribir.

En la pantalla de Facebook estaba su sonrisa, discreta, eternizada en una foto de perfil. El punto verde junto a su nombre desapareció, pero 20 segundos después volvió a verse. Entonces fue que él notó las letras escritas por la fruta en la ventana donde aún se podían leer las despedidas de la noche anterior: “HU”.

Apretó enter y en un segundo apareció la respuesta en la pantalla:

-¿HU? 

domingo, 5 de agosto de 2012

Estrépitos (relato)


Es como entrar al agua. Las manos penetrando en la superficie, los brazos abriendo una puerta, el líquido cortando el paso del estrépito cotidiano, limitante. El liquido envolviendo.
Cierras los ojos y el aire incrementa la densidad. El cuerpo se vuelve inestable una vez sumergido. Pero respiras. Yo respiro y aspiro el conglomerado de aromas que es tu aroma; hormonas, bosque, fruta, perfume, restos de desodorante, calor, viento, nubes.
Me dejo caer y emerges, estirando los músculos, expandiendo la visión hacia la totalidad del techo, de las copas de los árboles morados que depuran el carbono del foco. Emerges y flotas. Tu cuerpo, tu ropa flota contigo.
Beso tus pantorrillas y acaricio tus espinillas por encima de tus mallones negros, lisos, luminosos. Sonríes arriba del agua mientras tus piernas juegan debajo. Tu cabello se extiende cargándose de la energía del conductor universal y mientras tus pies se vuelven contorsionistas, terminando de liberarse del calzado, salivas y la curva de tus labios se ensancha.
Pataleas en arrítmicos movimientos, braceas y llevas tus extremidades a juntarse. Alcanzas tu cintura, tu cadera y bajas, con los mallones en las manos, enrollándolos y desenrollándote. Mueves el agua, produces ondas. El agua de pronto vibra. Sube la marea, pero el movimiento no es tuyo. Hay ruido. Estrépito. Temo. Emerjo y tú me buscas,  me abrazas y  me arrullas como a un niño.
Afuera del departamento, pasó un camión de carga. Retumbaron las paredes, se estremecieron las ventanas. Los cristales, frágiles como hojas secas. Frágiles como el cuerpo humano. Como el sistema nervioso. Como los huesos.
Temo estar contigo. Me da pánico tu desnudez como me aterra el estrépito de los motores. Pero tu pierna es espada. Tus rodillas son escudo que cubre mi tronco. La tela de tu ropa, la tierra donde se filtra tu sudor, y donde creo mi trinchera. Un lugar sereno donde los latidos de mi corazón se estabilizan. Donde recupero el habla.
El sillón es pastizal. Lo sabes y por ello te deshaces de los cojines sobrantes. Los tres más grandes van a dar al suelo, dos de los pequeños te sirven como el desnivel de tierra y raíces donde descansa tu cuello y aproximas el resto al lugar donde descansaran tus pies después del éxtasis.
Cantas la canción de cuna: Coyotito del monte, cansado de tu penar, bebe agua de este río, termina de llorar…
Concluyes la tonada y respiras. Dejas de abrazarme y levantas mi cabeza. Me muestras tus manos delgadas, pequeñas, recias; te acaricias los pechos por sobre tu ropa y cierras los ojos, por puro instinto, por naturaleza, la misma que te hace apartarme cuanto puedes apartarme en este mueble, para abrir las piernas en toda su extensión, para invitarme, para antojarme.
Cumplido tu propósito, doy pequeños besos en tus muslos y planeo sobre ellos, hasta llegar a tu cavidad poplítea, y la lamo y la muerdo. Te retuerces de risa. Te matan las cosquillas y por eso me jalas nuevamente hacia arriba y empujas tu cuerpo hacia abajo. Me enfrentas con tu sexo. Ese lugar que nunca pretendiste negarme, pero al que tenía miedo de llegar. Su delicioso olor me anula por un momento. No sé cuanto tiempo es uno. Los momentos se agrandan o se reducen de forma totalmente caprichosa.

Aquella mañana, las nubes no competían contra el sol. Si la naturaleza brinda pistas sobre la proximidad de las tragedias, entonces yo no supe verlas. El viento soplaba ligero, esparciendo la humedad. Bajo las ropas se acumulaba el calor y había que desprenderse del mayor número posible de ellas. Las mujeres sacaban los escotes, las minifaldas, los hombres las camisetas.  
En el intento de alejar el bochorno, era muy fácil dejar botas, guantes y casco. Decidí no hacerlo. Cogí la moto y salí al recorrido monótono. A la ruta de siempre. Las ciudades son entidades antropófagas. Las avenidas son ríos de constantes choque de ondas. Basta que un elemento pierda el ritmo de la corriente para desequilibrar la danza de los circulantes.
Hay tantas formas de volar. Y esa mañana el vuelo fue tan largo, aunque sólo haya durado un par de segundos. La fragilidad de las mentes, de las gargantas, de los cristales de los espejos retrovisores de la motocicleta, se conjugaron en un solo crujido cuando el automóvil gris atravesó a toda velocidad, y en semáforo rojo, la perpendicular a la avenida que yo circulaba mientras intentaba alcanzar el otro lado.  
Una descripción más exacta incluiría la forma en que mis dedos intentaron detener la motocicleta, el frente del automóvil intentando girar inútilmente y arrojándome hacia el asfalto.
El sonido más cruel fue el de las llantas de la camioneta roja, quemándose por detenerse, partiendo los huesos…

De cualquier forma, tú sabes la historia. Por eso te flexionas y aprietas mis costillas mientras recorro tus pliegues. Acercas cuanto puedes tu boca a mis oídos y haces audibles tus gemidos. Danzas haciendo figuras imposibles. Tus pies van de mis muslos al lugar donde una vez estuvieron mis piernas. Tus manos bajan por mi espalda y giran hasta el lugar donde yace mi miembro inservible y yo no puedo interpretar ese movimiento.
Te tiras hacia el agua de nuevo. Abajo escucho más fuertes tus gritos, que aumentan de intensidad de la misma forma que aumenta la fuerza de tus piernas en mi cuerpo. Gritas. Gritas. Gritas. Y algo similar a un orgasmo me recorre desde la coronilla hasta los muñones impidiéndome respirar. Y grito.  Nos ahogamos y flotamos como cuerpos inertes que ya no necesitan nadar, porque se han vuelto dioses del agua. 

viernes, 27 de julio de 2012

Naranja con zanahoria


Todos los días, cerca de las 8:00 de la mañana,  Fernando suspendía por unos segundos sus labores en la esquina de la avenida Blas Chumacero para presenciar la carrera de Mercedes con rumbo a la ruta 55. Los tacones golpeando el pavimento anunciaban al vendedor de jugos que la mujer en la que no dejaba de pensar se acercaba a toda carrera intentando abordar el microbús.

La visión que ella regalaba, era la de una fotografía móvil, siempre ataviada de la misma manera: blusa pulcra y blanca, falda azul marino, chaleco del mismo color, cabello recogido, bolso de mano desordenado –a decir del tiempo que pasaba buscando los 6 pesos que permitían el viaje-, sonrisa con prisa, uñas recortadas y lentes de pasta negros. Evidentemente, la puntualidad no era lo suyo. Dos gloriosas ocasiones, a pesar de haber salido temprano de casa, perdió la ruta por detenerse a comprar un jugo de naranja con zanahoria.

Mucho se puede saber de la gente por los jugos que toma. Por ejemplo, el de naranja es el jugo más consumido, el jugo de los convencionales, de los que no se complican. Pero el complemento es importante. Quienes lo piden con huevos crudos son personas que se creen fuertes; bravucones que presumen músculos, conquistas, grandes ventas, estómagos portentosos. Quienes lo mezclan con toronjas suelen ser mujeres desesperadas por conservar la salud y la línea, generalmente han perdido muchas batallas contra la báscula, pero confían en ganar la guerra.  Con guayaba, son madres y padres de familia preocupados por evadir las enfermedades que pudieran atacar a ellos y sus hijos. Con fresa, jóvenes y niños alegres. Los más raros son los que utilizan el betabel, personas misteriosas, sin horarios, calladas,  a veces melancólicas, pero seguras de sí mismas.

Pero Mercedes bebía naranja con zanahoria. ¿Qué lleva a una persona a comer zanahoria? Quién sabe. Pero seguro las propiedades de tan noble hortaliza, justificaban su atractiva piel. El resto de los consumidores de naranja-zanahoria eran personas más bien equilibradas. ¿Sería la señorita del uniforme azul alguien así?

Es curioso notar los delgados hilos en que se sujetan las ilusiones. Durante cuatro años Fernando esperaba todos los días la llegada de ella, esperando que ese día el despertador hubiera logrado arrancarla de la cama antes, que no se terminara el gas, que no se quemara el sándwich, que el gato no rompiera el jarrón, en resumen, que ella llegara temprano al puesto y pidiera un jugo, para que él pudiera cambiarle un jugo con descuento por algunas palabras.

Todo lo anterior poseía un alto grado de dificultad. Primero, porque el despertador rara vez la despertaba la primera vez que sonaba el timbre; segundo, porque cuando sí había gas, ella se encandilaba en la ducha; tercero, ella no tenía gato, pero siempre rompía los jarrones.

 También es curioso notar los frágiles cimientos sobre los que descansan nuestras posibilidades. Si ella cambiara de turno. Si él consiguiera un mejor trabajo. Si ella consiguiera novio. Si él se fracturara las manos.
No todas las veces la vida se corta de tajo. A veces da muchas señales y nosotros tenemos que escucharlas. Cuando en la central de abastos el costal de naranjas comenzó a subir de precio gradualmente, Fernando supo que estaba en un problema.

Progresivamente, el litro de jugo subió, primero a 16 pesos, luego a 18 y en menos de lo que los clientes pudieran esperar, a 20 pesos. La gente suele ser comprensiva, pero cuando se trata del bolsillo, la comprensión sólo puede transformarse en sacrificio y entonces es mejor cortar por lo sano.

Para empeorar la situación, el precio de la leche se estabilizó, y los jugos artificiales que se promocionan “con pulpa de frutas” bajaron argumentando el apoyo a la economía.

La venta de jugo de naranja se volvió poco viable en un mercado tan competido como es el de La Margarita, colonia donde Fernando ofertaba. De  nada sirvió esmerarse en mantener la calidad, la limpieza y la frescura del producto. Quizá si hubiera aplicado medidas de promoción, si hubiera aceptado reducir la calidad de la materia prima y con ello el gasto de inversión, si hubiera… Pero no, él no sabía nada de marketing  y no tenía por qué saber. Sólo era un sujeto de treinta que con muy duras penas logró terminar la preparatoria. Poco a poco el costal diario se redujo hasta medio costal hasta que llegó el momento de abandonar.

Conforme avanzó la crisis, no dejó de pensar en ella. Digamos que la inflación en el precio de las frutas afectó también sus sentimientos, que crecían exponencialmente. Con una rapidez inusitada se supo desesperado por hablarle.

¿Con qué derecho le iba a hablar él, simple vendedor en bancarrota, a ella, recién graduada de la universidad, con un futuro prometedor y una carrera en asenso? Afortunadamente a los vendedores  de jugos les importa un bledo eso. Bueno, quizá no a todos, pero a él sí.

Sabedor del inminente fin de la era de los jugos, Fernando dedico los últimos días a planear una estrategia que lo acercara a ella.

Naturalmente, la mayoría de las opciones que venían a su cabeza eran demasiado inocentes y rallaban en lo imposible. Como la noche que decidió ahorrar y rentar una limusina para acompañarla al trabajo. Siempre terminaba riendo, y preguntándose como diablos hacía para tener ideas tan absurdas.

El miércoles de la última semana del puesto, Mercedes le brindó una oportunidad única. Eran alrededor de las 7 y media, hora record, cuando ella apareció caminando tan campante por la avenida, con un bolso nuevo, y el rostro ligeramente maquillado. Se acercó y pidió un litro de naranja con guayaba, y medio litro con zanahoria.

Encantado, Fernando tardó más de lo normal en servir los jugos, mientras introducía a la conversación frases delatadoras. Hoy está más bonita de lo normal. Ese chaleco le sienta muy bien. Todo se alegra por aquí cuando pasa. Finalmente, mientras tapaba y colocaba el popote en el vaso más chico, soltó la confesión: “Señorita, usted me encanta. Salga conmigo este fin de semana, la invito a bailar”. Ella se quedó fría. Trastabilló, mientras cerca de allí corrían algunos niños rumbo al colegio y, mientras un claxon sonaba recogió los jugos. “Perdón se me hace muy tarde”, dijo y se alejó corriendo, sin pagar, para subirse en un Tsuru gris que la esperaba en la esquina.

Fernando maldijo el día, a la Nissan y a su suerte.

Parece que funcionó, porque dos cuadras adelante, el automóvil dejó de avanzar. Con gran bochorno, después de algunos minutos, Mercedes bajó del auto y se apresuró a tomar la micro, mientras su papá esperaba al mecánico.

El jueves, la rutina de los años se repitió al dedillo. No apareció ningún auto, ella no se detuvo a responderle. Nada cambió, más que el humor del juguero.

El viernes Fernando se dedicó a despedirse de los clientes. Quiero decir, de los que aun asistían con fidelidad a consumir productos naturales. Fue una despedida dolorosa, pero sólo para él.  Besaba la mejilla de Doña Rosa, cuando se escuchó el taconeo. La señora le expresaba sus mejores deseos cuando Mercedes pasó corriendo junto al puesto y abordó la 55.

Después, el día pasó, sin chiste. Sin jugo.

El exprimidor fue llevado para siempre a casa y para el sábado, mientras exprimía tunas en el desayuno e imaginaba nuevos proyectos de empresa, se lo ocurrió la idea.

Al lunes siguiente, cuando Mercedes, con sus escandalosos tacones subió al transporte público, se encontró con un trío de cantantes callejeros, acompañados de un exjuguero desentonado, que cantaban “si tu me quieres dame una sonrisa”.

No hace falta describir la pena que ella sentía. Tampoco la risa animada de los pasajeros. Basta saber que no hay quien se resista a una serenata, aunque sea diurna y microbusera. Ella aceptó salir con él. A caminar, porque él estaba desempleado. No contaré yo si esa cita fue buena o mala. Baste con decir que ella llegó tarde y que él la esperaba con una botella de un litro, llena de jugo de naranja con zanahoria y maracuyá (que en otros lados llaman fruta de la pasión).     

jueves, 12 de julio de 2012

Fantasmas


En la sombra, bajo la cama, juego al gato
con los fantasmas que no quisieron dormirse
Solidarios me acompañan en el no ritual
de evadir todo sueño
y no ver pesadillas
bajo los dos parpados

Hace tiempo que pasaste del centro del subconsciente
para habitar la materia que rellena la almohada
quiero decir, las dos almohadas y el tirol del techo
que me mira y mira
que te has vuelto dueña
del total de insomnios

Pinto sobre el polvo un mapa más o menos exacto
y el movimiento de cuatro fantasmas lo acompleta:
En ese camino, pintado de gris, hay dragones
recitando versos
hechos con palabras
palabras que dices

Juntos planeamos invadir Troya
recorrer ese laberinto gris
más allá del vivir de dragones
y dormir con tú
versando versos
sin decir nada

miércoles, 27 de junio de 2012

Puñado de tierra (relato)



Subió el volumen de la música en el estéreo de marca china -o japonesa-, tartamudeo algunas frases a manera de ensayo, se arregló el cuello de la camisa escolar, hizo un segundo nudo a cada una de las agujetas, se secó la gota de sudor que bajaba por su frente, apretó un agujero más el cinturón de imitación de piel  y se dirigió a la habitación del fondo, separada del resto de la casa por  una cortina de azul desteñido,  que hizo a un lado hasta quedar frente a la vieja cama donde fingía dormir el señor Pedro.

El señor Pedro, tío Pedro, o simplemente el señor, era  la roca de la casa. A cargo de los ingresos económicos desde la muerte de su hermano, había pasado a ser una figura dictatorial dentro de aquel hogar, siempre ostentando –sin lograr- ser un padre para los tres hijos que le sobrevivieron a aquel. Las pretensiones con Martita, madre de los niños, fueron llevadas a cabo de manera fácil, ante su debilidad emocional y los apuros económicos que cayeron sobre la familia como un alud. No se había cumplido un año de la tragedia que  dejo en la orfandad paterna a los niños, cuando Pedro se mudó a su casa.

La llegada del tío, recibida en un primer momento con recelo, pronto fue tomada como una bendición por los vecinos y los propios integrantes de la casa.  Julio y Manuel, los hijos más pequeños se encariñaron pronto con él. No pasó lo mismo con Fede. El mayor de los hermanos detestaba la idea de que alguien supliera a su padre, de que alguien diera caricias a  su madre. El rechazo fue casi total y claro, pese a los escasos 6 años del niño.

Los primeros meses el asunto fue llevable con buenas dosis de tolerancia. Pedro sonreía mecánicamente ante los berrinches de Fede y la decisión de Marta de permitirlos. “Entiendelo”, era el salvoconducto del niño. 

Una mañana del decimo mes a partir de la mudanza, las cosas estallaron. Fede y Pedro se encontraron en el comedor. El primero se alistaba para sus clases en la primaria del barrió y el segundo revisaba papeles del trabajo, escribía sumas en un cuaderno añejo y cuchareaba los frijoles. Sobre la mesa un paquete de fondo blanco mostraba a un gallo sonriendo. Fede inclinó la caja sobre su plato  y a continuación tomo el cartón de leche en un acto descuidado; el líquido blanco rebotó sobre la mesa, dejando algunas gotas sobre los Corn Flakes y el resto sobre la madera y los papeles de Pedro, quien se incorporó gritando maldiciones y asestando una bofetada al asustado Fede. 

La escena quedó grabada en los recuerdos de ambos. Los gritos, también en los de Julio y Manuel. El encanto que había conseguido Pedro en esos meses, se diluyó en forma de un respeto basado en el miedo para los más chicos. Sólo Marta ignoró el percance, o al menos quiso hacerlo.  Ese día Fede ingresó a una precoz adolescencia  y también a una guerra donde tenía todo que perder y muy poco que ganar.

El asfalto se fue desmoronando bajo sus pies y los muros de su casa se hicieron más grandes. En cuestión de semanas dejo de ser –con excepciones- Fede y empezó a ser Federico, un nombre que a pesar de pertenecerle no reconocía.
   
El margen de error, junto al grosor de los pasillos, se fue haciendo menor.  Cualquier equivocación merecía un grito; cualquier error académico, un golpe. Así era mejor, decía Marta, mejor que le duela, pero que aprenda y sea hombre de provecho, como su padre. Ella se fue acostumbrando, pronto los gritos se combinaron con los golpes. Eso hacía las cosas más fáciles.

Nadie se dio cuenta cuando las palabras de Fede se tornaron estrechas. La voz bajita ocultó el progreso de la disfemia. Mejor quedarse callado. Y se quedaba, por minutos, por horas. Fueron años de perfil bajo. De sentarse en un rincón en el aula y sólo gritar cuando la selección o él o sus hermanos anotaban un gol.

Cuando llegó a la secundaria los golpes cesaron. Era demasiado tarde. Entre las fraternidades de la Técnica 57, los hombres jugaban a demostrar su hombría de las formas bien sabidas. Él, que no era ni bueno para derribar jóvenes, ni hábil con las palabras para las chicas, encontró refugio en el grupo de Miguel y Fernando. “¡Son puñales!” Gritaba Pedro y remarcaba: “Sólo porque eres puto no te pego”. Fede quería entonces ser homosexual y restregárselo a su padrastro, pero sabía que aunque lo fuera no podría hacerlo y, además, era tan heterosexual como imaginaba que se podría ser. Soñaba despierto y sufría de insomnios por Elena. Los sufrió hasta que terminaron la secundaria y la ilusión se desvaneció.

Por esa época también, Julio, el segundo de los hermanos, dejó de ser el niño dócil que conocían y el enojo de Pedro se trasladó a él, ante la desesperación de Fede. Pero eso no duraría mucho tiempo.

“Fue el susto que me dio el cabrón de tu hermano cuando estuvo en el hospital” argumentó Pedro a Marta, culpándola por pertenecer a aquella estirpe, en cuanto se dieron los resultados del examen médico: diabetes.  El hombre se deshizo y su cuerpo se consumió rápidamente. Antes de un año del diagnóstico, Pedro cayó en cama y Marta se volvió enfermera de tiempo completo. La escuela termino para Fede, quién debió salir a conseguir dinero y los labores de casa se volvieron responsabilidad de Julio y Manuel.

El deterioro presentaba grandes oportunidades de desquite. Por eso Marta convirtió la habitación de Pedro en un altar inaccesible para los hermanos.

Pero el día que Fede perdió el empleo la oportunidad llegó. Su madre salió a surtir las medicinas. Los hermanos estaban en la escuela. Abrió la puerta principal y notó el silencio.  Encendió la radio y se sentó en el sillón, sin saber que hacer.  Finalmente subió el volumen de la música en el estéreo de marca china -o japonesa-, tartamudeo algunas frases a manera de ensayo y se dirigió al cuarto de Pedro, el señor Pedro, el señor.

“Pe pe pedr o”. Dijo y maldijo el impronunciable nombre de ese señor. Se quedó callado. Jodidas frases, que huían cuando necesitaba pronunciarlas. Pero allí estaba el padrastro, el golpeador, el que ahora negaba la oportunidad de vivir la vida a su hermano. “Pe pedro”, dijo y el hombre abrió un ojo mientras arqueaba la boca mostrando una sonrisa burlona. A partir de allí Fede quedó sin palabras. Desesperado y apunto de soltarse a llorar, vio la maceta de la esquina, se dirigió a ella, tomó un puñado de tierra y se lo arrojó a la cara, logrando introducirla en los ojos y nariz del convaleciente.

Se sintió satisfecho. Dio media vuelta y volvió a limpiarse un par de gotas de sudor que insistían en bajar de su frente.  Al momento se oyó un disparo y un objeto metálico salió de su abdomen, dejando tras de sí sangre que se derramaba en su ropa. Dio algunos pasos más y cayó al suelo, impresionado hasta la inconciencia. 


Fotografía: Harold Edgerton, Leche Derramada

martes, 12 de junio de 2012

Amanda (relato)


El siete ha marcado mi vida. Pareciera que es el encargado de conducir mi destino. Y lo ha llevado en una dirección desastrosa.

Nací un siete de febrero, frío y lluvioso como no se registraba desde hace mucho. A la edad de siete años casi muero asfixiado por una canica, exactamente una semana después de que mi padre nos abandonara a mi madre y a mí. Y si realizara un análisis exhaustivo de mi vida encontraría muchos hechos más relacionados de manera negativa con este número. Pero yo no creía en eso, lo tomaba más bien como simples coincidencias.

Hasta que conocí a Amanda.

Fue mientras regresaba de la Facultad. Ya era tarde y yo tenía que caminar por las inseguras calles de mi colonia. Las aceras se iluminaban con las escasas lámparas públicas que eran útiles. Miraba de un lado a otro, asegurándome de que nadie me seguía; ya me habían asaltado en circunstancias similares.

Y fue entonces cuando la vi del otro lado de la acera. Era imposible no hacerlo: ojos grandes, de un intenso color café, ligeramente rasgados, adornados por unas pestañas largas y rizadas, tal vez esto último por efecto del rímel. Su nariz pequeña y afilada; su boca diminuta y linda. Era dueña de una sonrisa encantadora y una mirada dulcísima. Su cabello, que descansaba en su espalda baja era de un negro semejante al que imperaba aquella noche. Su piel blanca estaba perfumada por un aroma dulce, parecido al de un campo lleno de rosas; contrastaba con el humo del cigarro que llevaba en la mano derecha, el cual fumaba con la misma sensualidad y erotismo con que lo haría Greta Garbo. Poseía además unas piernas largas y bien torneadas que recuerdan a dos columnas de mármol; su cintura y cadera se encontraban en perfecta comunión. Senos pequeños, a simple vista firmes y brazos delgados terminaban de construir su esbelta anatomía.

Era un sueño, en esa esquina fría, recargada sobre la pared de la fachada color amarillo canario, adornada de forma espantosa por franjas diagonales de tonalidad anaranjada, al amparo del toldo que en algún momento de su existencia fue color blanco y que ostentaba de un modo deplorable el nombre de la estética Sagitario. Iluminada por los faros de los escasos autos que pasaban, a veces por el foco de 100 watts que los dueños del lugar dejaban encendido.

Para ser francos nunca entendí por qué había elegido un lugar como ese. Es cierto que es una avenida, pero una vez más apelando a la honestidad, no es la más transitada, ni siquiera es una zona económicamente decente. Pero eso no tenía importancia, ni entonces ni ahora. Después de ese encuentro, las noches que siguieron fueron parecidas: ella sola, tan bella, tan irreal y ajena al entorno, tan intocable.

Esto último sonará a sarcasmo, su profesión la ponía al alcance de cualquiera que pudiera o quisiera pagar una cantidad burda por ella, pero para mí resultaba inalcanzable, no en el entendido de que mi situación económica era precaria en ese momento, sino porque nunca pensé en esa posibilidad.

Supe su nombre porque me lo dijo una noche. Llegaba de la Facultad y al pasar a su lado como siempre, la miré; se encontraba en cuclillas junto a la cortina de metal de la estética, seguramente descansando. Llevaba un vestido entallado verde olivo, zapatillas de tacón negras y para cubrirse del frío una delgada chamarra de mezclilla. A diferencia de otras noches, esa vez no fumaba.

Por alguna extraña razón, en vez de caminar por la acera de siempre, pasé junto a ella. Sentí un deseo casi desesperado por voltear, por mirarla a la cara, pero me contuve. Quedó a mis espaldas y yo seguí mi camino. Hasta que escuché su voz, fuerte, un poco quebrada debido al hábito de fumar.

-Oye, ¿de casualidad no tendrás un encendedor o cerillos que me prestes?

Sin decir una palabra me detuve, llevé mi mano a la bolsa delantera izquierda del pantalón y saqué de ella un encendedor. No fumo; incluso me desagrada que las personas lo hagan cerca de mí, pero siempre porto un encendedor o unos cerillos. Creo que es una tendencia piromaníaca.

Di la vuelta y acerqué el encendedor al cigarro que ella sostenía entre sus labios. Inhaló y después de algunos segundos, expulsó el humo de su boca. Figuras blancuzcas se formaron en el aire, contrastando con la penumbra.

-Muchas gracias, es que el frío está cada vez más fuerte

Me limité a lanzar una mirada furtiva y a esbozar una mueca que era el intento lastimoso de una sonrisa. Después de eso guardé el encendedor y me disponía a seguir mi camino cuando volvió a hablar:

-Yo me llamo Amanda. Y tú, ¿cuál es tu nombre?

-Carlos.

Mientras preguntaba esbozó la primera de muchas sonrisas dedicadas a mí, esas sonrisas que tanto me fascinaban.

A partir de esa noche, nunca más volví a verla desde la acera de enfrente porque pasaba a su lado, nos mirábamos, intercambiábamos palabras, sonrisas. Y una amistad nació. Fueron los meses más felices de mi vida.
Hasta que llegó aquel sábado de julio que siempre recordaré entre otras cosas, por el diluvio que caía. No paró de llover en toda la tarde y yo me preguntaba seriamente si Amanda estaría en el lugar de siempre a pesar del clima. Decidí no entrar en especulaciones y estar puntualmente donde siempre, por si las dudas.

11:30 p.m. era la hora en la que llegaba donde se encontraba ella, era nuestra hora, lugar y momento. Pero aquel día el destino jugó en mi contra. El reloj de pared marcaba las 11:25 p.m. Tomé de la cama de mi cuarto la chamarra negra y salí de casa.

Llegué al lugar de siempre para ver la sonrisa de Amanda al amparo del toldo de la estética, con su cigarro en la mano recargada en la pared, esperando por mí. Pero lo que encontré fue algo completamente distinto. En el suelo se encontraba ella, empapada por la lluvia que no paraba de caer y que enjuagaba la sangre que brotaba de su costado derecho, el cual apretaba con las pocas fuerzas que le quedaban para tratar de detener la hemorragia. Me apresuré a sujetarla, a colocar su cabeza sobre mi regazo mientras le pedía que resistiera, que no me dejara. Traté de mantenerla conmigo, pero sólo se limitó a mirarme y sonreírme. Su última sonrisa fue para mí.

Lo que pasó después es confuso. Las imágenes del sepelio aún acuden a mi mente cuando cierro los ojos. Fueron días extraños, de esos que te dejan la sensación de pesadez en los pasos. Entre tanto caos, sólo días después me percaté de que el reloj de pared estaba retrasado, exactamente siete minutos. Cuando salí de casa no eran las 11:25 p.m., eran las 11:32 p.m.


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Patricia Guerrero

martes, 29 de mayo de 2012

Dos versiones del DF


Todo mexicano posee una versión del Distrito Federal. Cada una de ellas reclama su legitimidad como el chisme que se cuenta en la mesa de una familia que además cuenta con invitados.

Mi primera versión del DF la obtuve de parte de mi papá, hombre con talento de narrador. De entre los cientos de relatos que repitió una y otra vez, recordaba de forma especial uno de sus viajes a Tepito.
Quizá por la costumbre familiar de convertir las desgracias en chistes o tal vez por lo absurdo de lo ocurrido o por la presencia de alguno de sus más queridos amigos, su rostro mostraba un humor especial al emprender el recuerdo resumido siempre de forma breve.

Paco tenía ganas de ir al DF, atraído por los precios de casi cualquier cosa que en el Valle de México son mejores que en cualquier lugar del país. Convenció al pareja de llevarlo, con destino Tepito, centro de la delincuencia más sinvergüenza y ya mencioné dos mitos en un párrafo.

Pese a las advertencias del pareja se fueron a comprar discos de vinil y algunas chácharas en el tianguis del barrio bajo. “No pongas cara de paisano”, advirtió el que tenía más experiencia. Yo no sé si el Paco puso cara de paisano o no. Tampoco sé si la condición de foráneo se marca en la cara o el cuerpo o si todo fue una coincidencia. El caso es que, a punto de regresar a Puebla, antes de llegar al metro, unos hombres les cerraron el paso y se llevaron todo lo comprado. Al Paco le dio miedo entonces, y papá casi suelta la carcajada cada vez que lo recuerda.

Ese Distrito, el salvaje de la delincuencia como forma de vida, duró el grueso de mi niñez.

Visité por primera vez el DF cuando el Instituto Federal Electoral acreditaba ya mi mayoría de edad. Me perdí de las experiencias previas; no viaje a Six Flags con mis compañeros de la secundaria ni visité el zoológico de Chapultepec. Me llevaron directo a una cueva de ladrones menos finos: la Cámara de Diputados. Pero ello no es relevante.

Al siguiente día visité por segunda vez la ciudad del smog que de inmediato se respira, según cuentan otros de sus detractores. Viajé acompañado por mi papá y lanzó no sé cuantas veces la advertencia: “Nomás no pongas cara de paisano.” No sé si en algún momento la puse, pero regresamos a salvo a mi primera ciudad y unos meses después arribé con mis maletas a la TAPO para quedarme al menos un par de pares de años.

La verdad es que nunca antes visité la ciudad del tráfico eterno por la sencilla razón de que a mis papás -quiero decir a mi mamá- les infundía miedo. Luego entonces, de vez en cuando, uno baja del metro sin fijarse si lleva o no cara de paisano y de pronto surge ese malestar de la primera versión del DF y camina rápido, por si acaso.

De cualquier forma, ya sea por instinto de supervivencia o la saturación sensorial de la ciudad más escandalosa del país, uno siempre esta “hacha”, por lo que se ofrezca. Pero llamémosle curiosidad de principiante.

Aquella tarde con aproximadamente un año en la ciudad donde el tiempo pasa más rápido, bajé de metro Salto del agua para comprar algunos artículos en el Eje central, uno de los lugares sombríos de las narraciones policiales de la infancia. Regresé a la misma estación para abordar el transporte, pero antes me senté a comer una torta en una caseta ubicada a unos metros de la entrada. Las tortas del DF, dicho sea de paso, son las tortas más grandes del mundo. En otro país quizá serían una ofensa.

Me senté a esperar mi pedido mientras veía discretamente a una chica que barría la banqueta. No muchos minutos después me percaté de que no era el único observador. Con el rabillo del ojo divise a un hombre sentado a un metro de mí, comiéndose no sé si una Tatiana, una NIurka o de plano una cubana (que no es lo mismo, pero es igual).

Quizá alguien comparta conmigo algún recuerdo de su vida prechilanga, en el que los asaltantes hablan arrastrando la última vocal de las palabras, portan tatuajes, ropa de tribus callejeras en tonos grises, músculos de gimnasio casero, y sobre todo una gran cicatriz en la cara. Pues bien, el hombre a mi lado cumplía todas las señas anteriores.

Uno piensa que evitando el contacto visual se librara de todo mal. Amén. Pero en el lugar con menos espacio vital del país eso no ocurre. Si no volteas tú volteará él. Y volteó. Me vio atento, con curiosidad, como descubriendo que soy paisano o provinciano o de otro mundo o peor: que soy poblano de cepa. El caso es que en su fuero interno, mientras yo temía por mi seguridad, debió llegar a una sincera conclusión, o bien, pertenecía a un lugar raro donde los hombres comen tortas sin refresco o estaba jodido. La verdad es que algo hay de las dos opciones, así que sin averiguación previa ordeno al tortero: dame otra coca -y giro el rostro para preguntarme- ¿y tú que refresco quieres? Bebí Coca-Cola.

Seguramente no hay un lugar en el país donde se establezcan y rompan más estereotipos. El matón de mi primera versión de Ciudad, resultó ser un buen samaritano -eso o quería matarme lento con proporciones insospechadas de azucares-.

Mis prejuicios rebotaron contra mí, de nuevo, al abordar el metro. Traté de hacer lugar en la congestionada línea rosa para que un anciano de facha venerable se sintiera más cómodo. Desde mi distracción pude ver algunos de sus movimientos torpes. Insertaba la mano en la bolsa de una señora y extraía su cartera.
En cuanto el tren se detuvo, el anciano salió del vagón y la víctima del robo salió conmigo detrás del sujeto. Ella no quiso llamar a la policía, así que enfrentó al bribón de como 70 años. El viejo respondió muy ofendido aventándole la cartera, y exclamandó con la mayor indignación posible: “No traías ni un peso pinche vieja.” Después todos nos fuimos.

He sufrido tres asaltos en estos tres años. Dos han sido en el Estado de México y uno en la ciudad de Puebla. En el Distrito llevo saldo limpio. Me asumo chilango y tengo mi propia versión de esta ciudad. Cada quien, aunque no viva aquí, tiene la suya. Con la escalada nacional de la delincuencia y sus horrores, muchos creen que en este lugar estamos más seguros. Con todo, hay personas que sostienen que es el peor para vivir

Que está llena de delincuencia, que toda la gente aquí es convenenciera, deshonesta, aprovechada, dijo el papá de Karina. Yo no sé a quienes conoció. Quizá a aquel viejo. Quién sabe.

Yo no sé muchas cosas. Si será el Anáhuac el terrible mostro donde vivir, hablar, circular, respirar, o sentirse seguro es imposible. Pero sé que mi segunda versión, muy corregida y muy aumentada, incluye a gente preciosa que vive en la ciudad más hermosa de México.

jueves, 17 de mayo de 2012

Los 10 discos en español de inicios del 2012

Para revista Puente

10. Desde Rusia con amor-Molotov
¿A que suena el voto latino en Rusia? Suena a rock mexicano de la mejor tradición.
La banda que cantara en contra dela manipulación televisiva de la información, que desafía la autoridad de la policía para conferirla a los ciudadanos en sus canciones, la banda que arma desmadre en los escenarios locales se aventura a conquistar un país frio y llenarlo de calor. El primer cd en vivo de Molotov no contiene muchas sorpresas, pero es un documento necesario para los fans.
9. Un día extraordinario-Marlango
La voz sensual de Leonor nos entrega un nuevo disco de Marlango, el quinto del grupo y el primero en español.
Un día extraordinario, nos hace darnos cuenta de que el inglés es el idioma ideal para ciertos tipos de música, pero los alcances del español como un idioma apto para jugar, son incomparables. Así, la música de este álbum es un juego para jugarlo con luces tenues y una sonrisa discreta.
8. La orquesta del Titanic-Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina
La continuación del Dos pájaros de un tiro, es un disco íntimo donde dos leyendas de la música española conversan entre sí, permitiéndonos escuchar las confesiones que ellos intercambian. Una reunión de amigos desenfadada.
Un disco anunciado con suficiente anticipación como para convertirse en uno de los más codiciados de inicios del 2012 y comenzar a agotar las fechas de sus conciertos. Hay que aprenderse las canciones para poder corearlas en uno de esos conciertos memorables, acompañadas por las ya clásicas. Para escuchar con copa de vino y en la noche.
7. La bala-Ana Tijoux
Lo más interesante de Ana Tijoux es su afán por romper estereotipos. A veces parece que no termina por encajar en ningún lado. La rapera chilena que se acompaña de una trasnacional se vuelve uno de los iconos en el movimiento estudiantil chileno, poniéndole soundtrack al coraje de los jóvenes desclasificados.
No sólo eso. Tijoux evoca a la figura de Violeta Parra y en compañía de Jorge Drexler, Los Aldeanos y más invitados, hace gala de una estética rapera difícil de encontrar en sus símiles.
6. Porfiado-El cuarteto de Nos
Aunque habrá quien reniegue del cambio melódico que el cuarteto concretó en su álbum anterior, Bipolar, el trabajo de Juan Campodónico en la producción no sólo le dio frescura a uno de los grupos más emblemáticos del Uruguay, también acentuó la sátira de su concepto.
Ahora, Porfiado, nos da 50 minutos del humor más negro vuelto rock. Por ejemplo, la visita a Benito, el niño malo del kínder, termina en una situación densa abierta a la imaginación del escucha. Un disco para divertirse y reflexionar por qué a veces conviene más ser malos.
5. Todo empieza y todo acaba en ti-Ismael Serrano
En el disco que llegó directo al primer lugar de ventas en España, Ismael da una vuelta imprevista (siempre a la izquierda) y se encuentra con un pasado cercano (la influencia de Luis Eduardo Aute) y un presente vanguardista (la de Damien Rice).
Las 13 canciones, en las que el artista no ha podido evitar reflexionar acerca de la crisis y de los movimientos sociales de los últimos meses, son una declaración contra el miedo a la soledad que impera en nuestras sociedades. Serrano afirmó que este es su mejor disco.
4. Atlántico-Xoel López  
El ex Deluxe, llega con su proyecto en solista, un álbum lleno de voces implícitas, de sonidos multiculturales y el toque inconfundible de Xoel López.
La raíz de Atlántico se encuentra en la creación de la Caravana Americana. Movimiento temporal resultado del viaje del español a tierras latinas. El viaje arrojó la amistad de Xoel con decenas de compositores de las nuevas corrientes del cono sur, centro y norteamérica. Sin duda, el resultado fue la nutrición musical y sólo así puede entenderse la propuesta de un Xoel López fresco que entrega una de las producciones menos pretenciosas (y más ambiciosas) de lo que va del año.

3. Área 52-Rodrigo y Gabriela
La pareja mexicana hace una revisión a su trabajo y lo reedita (más como un pasatiempo, confesarían) con la compañía de la orquesta C.U.B.A. en los estudios de Silvio Rodríguez.
Las melodías son conocidas. Las guitarras virtuosas de Rodrigo y Gabriela producen verdaderos viajes llenos de intensidad acústica, ahora acompañados del sabor caribeño de la orquesta.
2. CAMPO-Juan Campodónico
El productor más importante de Uruguay en la actualidad (12 segundos de oscuridad, Eco, Bipolar, Bajofondo Tango Club), llega con su proyecto individual…. o no.
Declarado un jugador de equipo, Campodónico convoca a un grupo de amigos y los dirige para montar un espécimen más del Bajofondo Tango Club, donde esta vez él lleva la batuta. El resultado es un disco lleno de capas delirantes donde uno puede distinguir el bolero-dark, el candombe, la cumbia o el pop en canciones que terminan por ser inclasificables. La presencia de Jorge Drexler y Fernando Santullo entre los invitados le da genuinidad a un proyecto charrúa de inicio que acaba por ser internacional. Producido por Campodónico y Santaolalla, CAMPO es un disco que no te puedes perder si lo tuyo es conocer propuestas nuevas y de calidad.

1. Mundo anfibio-Lisandro Aristimuño:
Arriesgar, para Lisandro Aristimuño es más que una decisión ocasional. Es el motivo de su música. El resultado  es la intranquilidad del oyente. Cada sonido ataca una parte de nosotros hasta rendirnos a una propuesta rock que sobrepasa la clasificación de estantería.
En Mundo anfibio, el viaje se hace de la ciudad al agua. De la ciudad llena de smog. Incierta. Los 11 tracks, compuestos por letras arriesgadas, música cercana a la experimentación o juegos de voces,  forman el disco más aventurado y oscuro del argentino y anuncian la consolidación de un referente en la música hispana.

miércoles, 16 de mayo de 2012

Ramoncito


Ramón González se despidió del último de sus ayudantes en la dulcería. Era viernes de quincena. El muchacho se persignó y guardó los billetes en el bolsillo derecho del pantalón azul que usaba como parte del uniforme. Cuando dio vuelta en la esquina aún llevaba la amplia sonrisa de los días de paga.

Ramón González conocía bien a sus tres empleados. Matías -el último en irse-,  pasaría por un ramo de rosas para Melisa, en el puesto de Doña Rosa. Julián haría lo mismo, pero las rosas serían para su mamá -la de Julián-. Mónica, en cambio, guardaría el dinero.

Ramón González volvió a contar el dinero. Separó la cantidad necesaria para la renta. Guardó en un compartimento secreto del pantalón lo necesario para el gasto de la semana -Julia, su mujer, le cosía bolsas ocultas en la ropa, después de ser asaltado unas cinco veces-. Hizo cálculos mentales, separó unos 100 pesos  y sonrió con unas ganas similares a las de Matías. Se apresuró a cerrar el local. 

Consultó el reloj del celular en blanco y negro con medio teclado roto.  Caminó con pasos largos y rápidos por cinco calles y corrió la sexta, para llegar al local deportivo antes de que lo cerraran. Buscó con la mirada el balón que veía todos los días camino al trabajo. No estaba. Preguntó al dependiente y éste confirmó su venta, pero le ofreció mostrarle otros modelos. Ramón González aceptó, con una condición: compraría uno que fuera del Cruz Azul. Salió del local acariciando una esfera azul con rojo, con el escudo de la maquina estampado dos veces, enmarcado con tejidos circulares. Imaginó a la mamá de Julián al recibir las rosas y luego intentó adivinar el rostro de emoción de Ramoncito hijo cuando viera su regalo. Comenzó a llover.

El metro en días de lluvia es una mezcla de resignación y fe.  Ramón González, con la ropa mojada, hizo fila para abordar un vagón que al abrir las puertas demostró estar repleto. Lo dejó pasar. Lo mismo pasó con el segundo y luego con el tercero. Pero tenía que llegar a casa. El sonido característico del coloso naranja en los túneles lo alertó. Cuando se abrieron las puertas del tren cerró los ojos y logró hacerse espacio entre empujones. Un timbre agudo anunció que las puertas se cerrarían.

Fabián Rodríguez, también padre de familia, escuchó el timbre con espanto y corrió rumbo a la puerta del vagón. Calculó espacio y tiempo. Se supo en desventaja. Dio dos pasos largos, uno corto y brincó hacia dentro, mientras las puertas se cerraban. Llegó. Llegaría temprano a casa.

Ramón González, distraído por el bochorno de la humedad caliente, por el vapor de gente mojada en muchedumbre dentro de una caja que los acercaría a sus casas, sintió un golpe repentino entre la cara, el pecho y el brazo izquierdo. Era el cuerpo de Fabián Rodríguez, también padre de familia. El golpe sobre la ropa mojada lo impulsó hacia atrás, donde fue detenido por la multitud. El balón azul y rojo resbaló de sus manos en sentido contrario a su cuerpo. Antes de que la puerta cerrase, el diámetro completo del esférico atravesó el marco y rodó hasta los pies de una mujer que sostenía una bolsa de mercancía en una mano y a su hija en la otra.

Ramón González se incorporó con el tren en marcha. Miró a Fabián Rodríguez, también padre de familia, y quiso romperlo a madrazos, pero no lo hizo. Sintió ganas de llorar. El hombre que entró de un brinco, apenado, bajó en la siguiente estación, aunque no era la suya.

Cuando Ramón González llegó a casa, fue recibido con un beso por Julia, de inmediato, un bulto de 9 años se atravesó entre la pareja. En una de las paredes rebotó una pelota blanca despellejada, con forma más de ovoide que de esfera.

-¡Papá! ¡Hubieras visto! Jugamos contra los de la otra calle y metí un golazo. ¡Fue de chilena! Perdimos, pero todos dijeron que fue el mejor gol. Quedamos de jugar mañana otra vez. Te juego unos penales.
-Espera, me cambió la ropa mojada.

-¡Apúrate!

***

-Ramoncito González se perfila… besa el balón que tanta suerte le ha dado hoy… mira a los ojos a Ramón González, el mejor portero del mundo… voltea a ver a la afición… firulais grita de emoción… tirooooo…. ¡Goooooooooooooooooool del azul! ¡Cruz Azul! ¡Ramoncito la metió hasta la esquina, donde el portero nunca iba a llegar…..!