jueves, 16 de agosto de 2012

Las 11 (Relato)


Extendió las manos, encogió los dedos y se detuvo. ¿Para qué? Para qué comenzar con la rutina del tecleo con convencionalismos del tipo  “¿Cómo estás?” sin que el “bien, gracias” significara algo.

Tres segundos antes había sonreído lleno de emoción. La pereza con que miraba al ordenador, recostado en la cama y recargada la cabeza en la pared, desapareció casi mágicamente cuando vio el punto verde aparecer junto al nombre de ella. Se irguió, acomodó la computadora en el escritorio, se sentó en la silla giratoria y extendió las manos.

¿Para qué?  Siempre era él el que comenzaba las conversaciones, que no derivaban en nada interesante si no las sabía llevar a buen puerto. Si tan sólo ella tuviera una vez la iniciativa. Poquita cosa, nada más un “hola” que lo hiciera sentir, ya no digamos importante, al menos interesante o divertido. Pero eso no había pasado y seguramente no pasaría. No había antecedentes, ni uno en el par de meses que llevaba esperando la llegada de las 11 de la noche mientras fumaba o perdiendo el tiempo tumbado en la cama.

Las 11 de la noche. A veces 11 con 5 minutos, pero nunca 11 con seis, rara vez 10 con 59. Si un aliciente tenía para seguir en la guardia era ese, no  las insinuaciones nunca respondidas ni los comentarios de cariño estilo “eres un buen amigo”, sólo la puntualidad con que ella llegaba a la red social.

Buen amigo, quizá. De que otra forma le seguiría hablando después del par de desplantes anteriores a la época de la espera cibernética. Las invitaciones rechazadas bajo pretextos comunes. O tal vez no eran pretextos. Quién sabe.

Se puso de pie, el reloj marcaba las 11 con 3. Fue a tomar agua y lleno el vaso lento, lo bebió en la cocina a sorbos pequeños, extendiendo la duración del líquido. Abrió el refrigerador y sacó el jamón, la mayonesa, una rodaja de piña y de la alacena extrajo el pan Bimbo.  La lentitud parecía un defecto imposible. Empuñó el sándwich y se dirigió a la pantalla para comprobar que apenas eran las 11 y 10 y no, ella no había dicho hola.

Se molestó y casi al mismo tiempo se reprendió por hacerlo. Mordió con fuerza el pan y un pedazo de piña cayó sobre el teclado, escribiendo en la ventana de conversación el fonema “HU”. Pasó los dedos sobre la mancha de jugo y  sólo consiguió expandirla. Se desesperó y de dos mordidas metió el sándwich a su boca, empujando con los dedos su totalidad. Sin poder hacerlo bien tomó aire, tragó la comida en ello gastó otros minutos, pero nada, ella no iba a escribir.

En la pantalla de Facebook estaba su sonrisa, discreta, eternizada en una foto de perfil. El punto verde junto a su nombre desapareció, pero 20 segundos después volvió a verse. Entonces fue que él notó las letras escritas por la fruta en la ventana donde aún se podían leer las despedidas de la noche anterior: “HU”.

Apretó enter y en un segundo apareció la respuesta en la pantalla:

-¿HU? 

4 comentarios:

Mina Jané dijo...

Jajajaja me recordó a alguien... es divertida, aunque esperaba otro final jajaja en fin, gracias :)

laura galindo dijo...

Lindo, pero me dejo picada... =D

Julio César Ramírez dijo...

Por situaciones como esa ya no uso el messenger de msn y el de facebook.

Hakheinonen dijo...

jajajajaja si llega a pasar, no a cualquiera pero sucede =) n.n