domingo, 5 de agosto de 2012

Estrépitos (relato)


Es como entrar al agua. Las manos penetrando en la superficie, los brazos abriendo una puerta, el líquido cortando el paso del estrépito cotidiano, limitante. El liquido envolviendo.
Cierras los ojos y el aire incrementa la densidad. El cuerpo se vuelve inestable una vez sumergido. Pero respiras. Yo respiro y aspiro el conglomerado de aromas que es tu aroma; hormonas, bosque, fruta, perfume, restos de desodorante, calor, viento, nubes.
Me dejo caer y emerges, estirando los músculos, expandiendo la visión hacia la totalidad del techo, de las copas de los árboles morados que depuran el carbono del foco. Emerges y flotas. Tu cuerpo, tu ropa flota contigo.
Beso tus pantorrillas y acaricio tus espinillas por encima de tus mallones negros, lisos, luminosos. Sonríes arriba del agua mientras tus piernas juegan debajo. Tu cabello se extiende cargándose de la energía del conductor universal y mientras tus pies se vuelven contorsionistas, terminando de liberarse del calzado, salivas y la curva de tus labios se ensancha.
Pataleas en arrítmicos movimientos, braceas y llevas tus extremidades a juntarse. Alcanzas tu cintura, tu cadera y bajas, con los mallones en las manos, enrollándolos y desenrollándote. Mueves el agua, produces ondas. El agua de pronto vibra. Sube la marea, pero el movimiento no es tuyo. Hay ruido. Estrépito. Temo. Emerjo y tú me buscas,  me abrazas y  me arrullas como a un niño.
Afuera del departamento, pasó un camión de carga. Retumbaron las paredes, se estremecieron las ventanas. Los cristales, frágiles como hojas secas. Frágiles como el cuerpo humano. Como el sistema nervioso. Como los huesos.
Temo estar contigo. Me da pánico tu desnudez como me aterra el estrépito de los motores. Pero tu pierna es espada. Tus rodillas son escudo que cubre mi tronco. La tela de tu ropa, la tierra donde se filtra tu sudor, y donde creo mi trinchera. Un lugar sereno donde los latidos de mi corazón se estabilizan. Donde recupero el habla.
El sillón es pastizal. Lo sabes y por ello te deshaces de los cojines sobrantes. Los tres más grandes van a dar al suelo, dos de los pequeños te sirven como el desnivel de tierra y raíces donde descansa tu cuello y aproximas el resto al lugar donde descansaran tus pies después del éxtasis.
Cantas la canción de cuna: Coyotito del monte, cansado de tu penar, bebe agua de este río, termina de llorar…
Concluyes la tonada y respiras. Dejas de abrazarme y levantas mi cabeza. Me muestras tus manos delgadas, pequeñas, recias; te acaricias los pechos por sobre tu ropa y cierras los ojos, por puro instinto, por naturaleza, la misma que te hace apartarme cuanto puedes apartarme en este mueble, para abrir las piernas en toda su extensión, para invitarme, para antojarme.
Cumplido tu propósito, doy pequeños besos en tus muslos y planeo sobre ellos, hasta llegar a tu cavidad poplítea, y la lamo y la muerdo. Te retuerces de risa. Te matan las cosquillas y por eso me jalas nuevamente hacia arriba y empujas tu cuerpo hacia abajo. Me enfrentas con tu sexo. Ese lugar que nunca pretendiste negarme, pero al que tenía miedo de llegar. Su delicioso olor me anula por un momento. No sé cuanto tiempo es uno. Los momentos se agrandan o se reducen de forma totalmente caprichosa.

Aquella mañana, las nubes no competían contra el sol. Si la naturaleza brinda pistas sobre la proximidad de las tragedias, entonces yo no supe verlas. El viento soplaba ligero, esparciendo la humedad. Bajo las ropas se acumulaba el calor y había que desprenderse del mayor número posible de ellas. Las mujeres sacaban los escotes, las minifaldas, los hombres las camisetas.  
En el intento de alejar el bochorno, era muy fácil dejar botas, guantes y casco. Decidí no hacerlo. Cogí la moto y salí al recorrido monótono. A la ruta de siempre. Las ciudades son entidades antropófagas. Las avenidas son ríos de constantes choque de ondas. Basta que un elemento pierda el ritmo de la corriente para desequilibrar la danza de los circulantes.
Hay tantas formas de volar. Y esa mañana el vuelo fue tan largo, aunque sólo haya durado un par de segundos. La fragilidad de las mentes, de las gargantas, de los cristales de los espejos retrovisores de la motocicleta, se conjugaron en un solo crujido cuando el automóvil gris atravesó a toda velocidad, y en semáforo rojo, la perpendicular a la avenida que yo circulaba mientras intentaba alcanzar el otro lado.  
Una descripción más exacta incluiría la forma en que mis dedos intentaron detener la motocicleta, el frente del automóvil intentando girar inútilmente y arrojándome hacia el asfalto.
El sonido más cruel fue el de las llantas de la camioneta roja, quemándose por detenerse, partiendo los huesos…

De cualquier forma, tú sabes la historia. Por eso te flexionas y aprietas mis costillas mientras recorro tus pliegues. Acercas cuanto puedes tu boca a mis oídos y haces audibles tus gemidos. Danzas haciendo figuras imposibles. Tus pies van de mis muslos al lugar donde una vez estuvieron mis piernas. Tus manos bajan por mi espalda y giran hasta el lugar donde yace mi miembro inservible y yo no puedo interpretar ese movimiento.
Te tiras hacia el agua de nuevo. Abajo escucho más fuertes tus gritos, que aumentan de intensidad de la misma forma que aumenta la fuerza de tus piernas en mi cuerpo. Gritas. Gritas. Gritas. Y algo similar a un orgasmo me recorre desde la coronilla hasta los muñones impidiéndome respirar. Y grito.  Nos ahogamos y flotamos como cuerpos inertes que ya no necesitan nadar, porque se han vuelto dioses del agua. 

1 comentario:

Ana Es un Capicúa dijo...

Está súper padre tu texto. Se vive, se desea y enamora. ¡Wii!