viernes, 27 de julio de 2012

Naranja con zanahoria


Todos los días, cerca de las 8:00 de la mañana,  Fernando suspendía por unos segundos sus labores en la esquina de la avenida Blas Chumacero para presenciar la carrera de Mercedes con rumbo a la ruta 55. Los tacones golpeando el pavimento anunciaban al vendedor de jugos que la mujer en la que no dejaba de pensar se acercaba a toda carrera intentando abordar el microbús.

La visión que ella regalaba, era la de una fotografía móvil, siempre ataviada de la misma manera: blusa pulcra y blanca, falda azul marino, chaleco del mismo color, cabello recogido, bolso de mano desordenado –a decir del tiempo que pasaba buscando los 6 pesos que permitían el viaje-, sonrisa con prisa, uñas recortadas y lentes de pasta negros. Evidentemente, la puntualidad no era lo suyo. Dos gloriosas ocasiones, a pesar de haber salido temprano de casa, perdió la ruta por detenerse a comprar un jugo de naranja con zanahoria.

Mucho se puede saber de la gente por los jugos que toma. Por ejemplo, el de naranja es el jugo más consumido, el jugo de los convencionales, de los que no se complican. Pero el complemento es importante. Quienes lo piden con huevos crudos son personas que se creen fuertes; bravucones que presumen músculos, conquistas, grandes ventas, estómagos portentosos. Quienes lo mezclan con toronjas suelen ser mujeres desesperadas por conservar la salud y la línea, generalmente han perdido muchas batallas contra la báscula, pero confían en ganar la guerra.  Con guayaba, son madres y padres de familia preocupados por evadir las enfermedades que pudieran atacar a ellos y sus hijos. Con fresa, jóvenes y niños alegres. Los más raros son los que utilizan el betabel, personas misteriosas, sin horarios, calladas,  a veces melancólicas, pero seguras de sí mismas.

Pero Mercedes bebía naranja con zanahoria. ¿Qué lleva a una persona a comer zanahoria? Quién sabe. Pero seguro las propiedades de tan noble hortaliza, justificaban su atractiva piel. El resto de los consumidores de naranja-zanahoria eran personas más bien equilibradas. ¿Sería la señorita del uniforme azul alguien así?

Es curioso notar los delgados hilos en que se sujetan las ilusiones. Durante cuatro años Fernando esperaba todos los días la llegada de ella, esperando que ese día el despertador hubiera logrado arrancarla de la cama antes, que no se terminara el gas, que no se quemara el sándwich, que el gato no rompiera el jarrón, en resumen, que ella llegara temprano al puesto y pidiera un jugo, para que él pudiera cambiarle un jugo con descuento por algunas palabras.

Todo lo anterior poseía un alto grado de dificultad. Primero, porque el despertador rara vez la despertaba la primera vez que sonaba el timbre; segundo, porque cuando sí había gas, ella se encandilaba en la ducha; tercero, ella no tenía gato, pero siempre rompía los jarrones.

 También es curioso notar los frágiles cimientos sobre los que descansan nuestras posibilidades. Si ella cambiara de turno. Si él consiguiera un mejor trabajo. Si ella consiguiera novio. Si él se fracturara las manos.
No todas las veces la vida se corta de tajo. A veces da muchas señales y nosotros tenemos que escucharlas. Cuando en la central de abastos el costal de naranjas comenzó a subir de precio gradualmente, Fernando supo que estaba en un problema.

Progresivamente, el litro de jugo subió, primero a 16 pesos, luego a 18 y en menos de lo que los clientes pudieran esperar, a 20 pesos. La gente suele ser comprensiva, pero cuando se trata del bolsillo, la comprensión sólo puede transformarse en sacrificio y entonces es mejor cortar por lo sano.

Para empeorar la situación, el precio de la leche se estabilizó, y los jugos artificiales que se promocionan “con pulpa de frutas” bajaron argumentando el apoyo a la economía.

La venta de jugo de naranja se volvió poco viable en un mercado tan competido como es el de La Margarita, colonia donde Fernando ofertaba. De  nada sirvió esmerarse en mantener la calidad, la limpieza y la frescura del producto. Quizá si hubiera aplicado medidas de promoción, si hubiera aceptado reducir la calidad de la materia prima y con ello el gasto de inversión, si hubiera… Pero no, él no sabía nada de marketing  y no tenía por qué saber. Sólo era un sujeto de treinta que con muy duras penas logró terminar la preparatoria. Poco a poco el costal diario se redujo hasta medio costal hasta que llegó el momento de abandonar.

Conforme avanzó la crisis, no dejó de pensar en ella. Digamos que la inflación en el precio de las frutas afectó también sus sentimientos, que crecían exponencialmente. Con una rapidez inusitada se supo desesperado por hablarle.

¿Con qué derecho le iba a hablar él, simple vendedor en bancarrota, a ella, recién graduada de la universidad, con un futuro prometedor y una carrera en asenso? Afortunadamente a los vendedores  de jugos les importa un bledo eso. Bueno, quizá no a todos, pero a él sí.

Sabedor del inminente fin de la era de los jugos, Fernando dedico los últimos días a planear una estrategia que lo acercara a ella.

Naturalmente, la mayoría de las opciones que venían a su cabeza eran demasiado inocentes y rallaban en lo imposible. Como la noche que decidió ahorrar y rentar una limusina para acompañarla al trabajo. Siempre terminaba riendo, y preguntándose como diablos hacía para tener ideas tan absurdas.

El miércoles de la última semana del puesto, Mercedes le brindó una oportunidad única. Eran alrededor de las 7 y media, hora record, cuando ella apareció caminando tan campante por la avenida, con un bolso nuevo, y el rostro ligeramente maquillado. Se acercó y pidió un litro de naranja con guayaba, y medio litro con zanahoria.

Encantado, Fernando tardó más de lo normal en servir los jugos, mientras introducía a la conversación frases delatadoras. Hoy está más bonita de lo normal. Ese chaleco le sienta muy bien. Todo se alegra por aquí cuando pasa. Finalmente, mientras tapaba y colocaba el popote en el vaso más chico, soltó la confesión: “Señorita, usted me encanta. Salga conmigo este fin de semana, la invito a bailar”. Ella se quedó fría. Trastabilló, mientras cerca de allí corrían algunos niños rumbo al colegio y, mientras un claxon sonaba recogió los jugos. “Perdón se me hace muy tarde”, dijo y se alejó corriendo, sin pagar, para subirse en un Tsuru gris que la esperaba en la esquina.

Fernando maldijo el día, a la Nissan y a su suerte.

Parece que funcionó, porque dos cuadras adelante, el automóvil dejó de avanzar. Con gran bochorno, después de algunos minutos, Mercedes bajó del auto y se apresuró a tomar la micro, mientras su papá esperaba al mecánico.

El jueves, la rutina de los años se repitió al dedillo. No apareció ningún auto, ella no se detuvo a responderle. Nada cambió, más que el humor del juguero.

El viernes Fernando se dedicó a despedirse de los clientes. Quiero decir, de los que aun asistían con fidelidad a consumir productos naturales. Fue una despedida dolorosa, pero sólo para él.  Besaba la mejilla de Doña Rosa, cuando se escuchó el taconeo. La señora le expresaba sus mejores deseos cuando Mercedes pasó corriendo junto al puesto y abordó la 55.

Después, el día pasó, sin chiste. Sin jugo.

El exprimidor fue llevado para siempre a casa y para el sábado, mientras exprimía tunas en el desayuno e imaginaba nuevos proyectos de empresa, se lo ocurrió la idea.

Al lunes siguiente, cuando Mercedes, con sus escandalosos tacones subió al transporte público, se encontró con un trío de cantantes callejeros, acompañados de un exjuguero desentonado, que cantaban “si tu me quieres dame una sonrisa”.

No hace falta describir la pena que ella sentía. Tampoco la risa animada de los pasajeros. Basta saber que no hay quien se resista a una serenata, aunque sea diurna y microbusera. Ella aceptó salir con él. A caminar, porque él estaba desempleado. No contaré yo si esa cita fue buena o mala. Baste con decir que ella llegó tarde y que él la esperaba con una botella de un litro, llena de jugo de naranja con zanahoria y maracuyá (que en otros lados llaman fruta de la pasión).