miércoles, 16 de mayo de 2012

Ramoncito


Ramón González se despidió del último de sus ayudantes en la dulcería. Era viernes de quincena. El muchacho se persignó y guardó los billetes en el bolsillo derecho del pantalón azul que usaba como parte del uniforme. Cuando dio vuelta en la esquina aún llevaba la amplia sonrisa de los días de paga.

Ramón González conocía bien a sus tres empleados. Matías -el último en irse-,  pasaría por un ramo de rosas para Melisa, en el puesto de Doña Rosa. Julián haría lo mismo, pero las rosas serían para su mamá -la de Julián-. Mónica, en cambio, guardaría el dinero.

Ramón González volvió a contar el dinero. Separó la cantidad necesaria para la renta. Guardó en un compartimento secreto del pantalón lo necesario para el gasto de la semana -Julia, su mujer, le cosía bolsas ocultas en la ropa, después de ser asaltado unas cinco veces-. Hizo cálculos mentales, separó unos 100 pesos  y sonrió con unas ganas similares a las de Matías. Se apresuró a cerrar el local. 

Consultó el reloj del celular en blanco y negro con medio teclado roto.  Caminó con pasos largos y rápidos por cinco calles y corrió la sexta, para llegar al local deportivo antes de que lo cerraran. Buscó con la mirada el balón que veía todos los días camino al trabajo. No estaba. Preguntó al dependiente y éste confirmó su venta, pero le ofreció mostrarle otros modelos. Ramón González aceptó, con una condición: compraría uno que fuera del Cruz Azul. Salió del local acariciando una esfera azul con rojo, con el escudo de la maquina estampado dos veces, enmarcado con tejidos circulares. Imaginó a la mamá de Julián al recibir las rosas y luego intentó adivinar el rostro de emoción de Ramoncito hijo cuando viera su regalo. Comenzó a llover.

El metro en días de lluvia es una mezcla de resignación y fe.  Ramón González, con la ropa mojada, hizo fila para abordar un vagón que al abrir las puertas demostró estar repleto. Lo dejó pasar. Lo mismo pasó con el segundo y luego con el tercero. Pero tenía que llegar a casa. El sonido característico del coloso naranja en los túneles lo alertó. Cuando se abrieron las puertas del tren cerró los ojos y logró hacerse espacio entre empujones. Un timbre agudo anunció que las puertas se cerrarían.

Fabián Rodríguez, también padre de familia, escuchó el timbre con espanto y corrió rumbo a la puerta del vagón. Calculó espacio y tiempo. Se supo en desventaja. Dio dos pasos largos, uno corto y brincó hacia dentro, mientras las puertas se cerraban. Llegó. Llegaría temprano a casa.

Ramón González, distraído por el bochorno de la humedad caliente, por el vapor de gente mojada en muchedumbre dentro de una caja que los acercaría a sus casas, sintió un golpe repentino entre la cara, el pecho y el brazo izquierdo. Era el cuerpo de Fabián Rodríguez, también padre de familia. El golpe sobre la ropa mojada lo impulsó hacia atrás, donde fue detenido por la multitud. El balón azul y rojo resbaló de sus manos en sentido contrario a su cuerpo. Antes de que la puerta cerrase, el diámetro completo del esférico atravesó el marco y rodó hasta los pies de una mujer que sostenía una bolsa de mercancía en una mano y a su hija en la otra.

Ramón González se incorporó con el tren en marcha. Miró a Fabián Rodríguez, también padre de familia, y quiso romperlo a madrazos, pero no lo hizo. Sintió ganas de llorar. El hombre que entró de un brinco, apenado, bajó en la siguiente estación, aunque no era la suya.

Cuando Ramón González llegó a casa, fue recibido con un beso por Julia, de inmediato, un bulto de 9 años se atravesó entre la pareja. En una de las paredes rebotó una pelota blanca despellejada, con forma más de ovoide que de esfera.

-¡Papá! ¡Hubieras visto! Jugamos contra los de la otra calle y metí un golazo. ¡Fue de chilena! Perdimos, pero todos dijeron que fue el mejor gol. Quedamos de jugar mañana otra vez. Te juego unos penales.
-Espera, me cambió la ropa mojada.

-¡Apúrate!

***

-Ramoncito González se perfila… besa el balón que tanta suerte le ha dado hoy… mira a los ojos a Ramón González, el mejor portero del mundo… voltea a ver a la afición… firulais grita de emoción… tirooooo…. ¡Goooooooooooooooooool del azul! ¡Cruz Azul! ¡Ramoncito la metió hasta la esquina, donde el portero nunca iba a llegar…..!

3 comentarios:

Abraham Ramírez dijo...

Ah, está bueno! :)

Julio César Ramírez dijo...

Me gustó, pero me hubiera gustado más si en vez de una historia cruz azulina hubiera sido una sobre afición Puma. ¡Vamos UNAM! jajajaja!

Mina Jané dijo...

Ahhh noooooo! por qué? sentí un poco feito jajajajja, la verdad me gustó mucho. Felicidades!