viernes, 20 de abril de 2012

Serenata (relato)


El alcohol no dejaba de circular entre el estrepito de las risas, la voz de un mal cantante de covers de rock en el escenario y la mano de Micaela en la entrepierna de Santiago.

Las luces y los grados etílicos hicieron lo que debían hacer. Poco a poco fue desenfocando. Si alguien hubiera tomado una foto, hubiera salido con los ojos casi cerrados. Otra cerveza.

Antes de concluir esa ronda, Marcela corrió al sanitario. Si esta historia se tratara de ella, entonces habría que contar como después de vomitar y pasar las siguientes 3 horas llorando, se dio cuenta de manera trágica que para la vida no hay planes que nos libren del azar. Pero no es su historia.

Lo que es cierto es que el incidente de Marcela terminaba ya con el ambiente festivo que rodeaba a aquel grupo de amigos, cada uno imprescindible para su subsistencia.

Lo siguiente, fueron las otras tres mujeres entrando a los baños para auxiliar a la que se encontraba en problemas. Los preparativos del caso iniciaron. Los hombres discutían, quiero decir sorteaban, la función que tendrían en los momentos siguientes. Joel sería el encargado de llevar a la enferma a casa y disculparse con sus padres. Juan Pablo llevaría a Fernanda y Marisol a sus departamentos.  Santiago se encargaría del auto de Marcela y por supuesto, se llevaría a Micaela, su pareja desde años atrás, previo pago de la bebida y de los daños que habían causado. Por supuesto, no era la distribución más inteligente, pero estaban tomados.

Antes de partir, Santiago utilizo el mingitorio, apoyando su mano en la pared de forma poco higiénica, pero práctica cuando se busca guardar el equilibrio. Ofuscado por la cerveza y el ruido, regresó a la mesa, se tiro en uno de los sillones  que la rodeaban, se llevo las manos a la cabeza y mientras sus dedos entraban a su cabello la nombró suspirando: “Nathalia”.

(El estruendo desapareció por un momento en la cabeza de Santiago. Cerró los ojos. La lucidez se hizo presente. Respiro profundo, antes de regresar al mundo real de golpe.)

El contenido de un vaso casi lleno de cerveza se estrello en su cara al tiempo que en el bar se escuchaba un femenino y fuerte “¡Pendejo!” que exclamaba enfurecida Micaela.  La palabra resonó en el interior de Santiago, como si el la estuviera pronunciando, quizá porque en su mente era él el quien lo hacía. Allí se cambiaron los planes. Micaela prefirió acompañar a la enferma. Las dos lloraban, mientras Joel intentaba consolarlas. Los demás seguían lo acordado y Santiago quedo solo.

Solo, condujo hasta encontrar el estacionamiento de un centro comercial y allí abandonó el auto. Caminó. Caminó mucho y sintió que todo estaba mal. Estuvo a punto de llorar. Por cualquier cosa, por su mal trabajo, por Micaela o por su gato. Pero sintió que no era sincero. Subió a un puente peatonal y miró hacia abajo, donde miles de automóviles aún recorrían la ciudad buscando llegar a casa. Vio como se acercaba un ciclista con un chaleco reflejante, luces y un casco que lo hacía parecer extraterrestre. Le dio algo de gracia y entonces se le escapo una lágrima. Volvió a suspirar y entonces repitió una vez más su nombre: “Nathalia”.

Bajo después, corriendo, aquel peatonal y se dirigió a casa sin el auto. Pagó a un taxi que lo dejó en la puerta. Cuando abrió, encontró una pequeña extensión de aquel bar: Juan Pablo, Marisol y Fernanda bebían latas de whisky con refresco en su sala. Los tres le dirigían miradas solemnes, con dejos de la tristeza infinita de quién se dirige a dar la peor de las noticias.

Lo conminaron a sentarse en su sillón. Una vez sentado, conmovido, esperando lo peor, estallaron las risotadas. El alcohol volvió a circular.

La plática se reanudo entre reclamos, preguntas y sobre todo, burlas. La música comenzó a sonar, por sugerencia de Fernanda.

Mientras Santiago se sinceraba y los demás escuchaban, se fueron colando algunas letras de las peores canciones existentes, hasta que todos se encontraron cantando. Hasta que tocaron la puerta los vecinos pidiendo de la manera más respetuosa que se callaran.

Marisol, la más cursi del grupo, sugirió una serenata de reconciliación en casa de Micaela, o de Marcela, en caso de que allí pasara la noche la ofendida. O de Joel, secundó Juan Pablo y todos se rieron de la broma. No sabían que en efecto, Micaela dormía a esa hora con el susodicho.

Fernanda saco una guitarra y la desempolvo, Marisol encontró un pandero de cuando Santiago fue niño y miembro de la banda de guerra de la primaria Benito Juárez (mismo nombre de unas 2 mil primarias más) y salieron al coche afinando, según su borrachera, las gargantas.

“Perdón, vida de mi vida”, dio paso a “de que manera te olvido, si te miro en cualquier gente” para convertirse en “el ultimo trago”, mientras Juan Pablo conducía las notas pasaron a “ojala pase algo que te borre de pronto” y “que terriblemente absurdo es estar vivo... sin tu latido”, para aventarse en el ultimo tramo “me equivoque contigo”. Cuando llegaron, se arrancaron con “Si nos dejan” y “Deja que salga la luna”. Sonaron horrible. La mitad de los vecinos se lamentaba y la otra mitad se las mentaba, aunque casi todos terminaron riendo ante aquel grupo de borrachos tratando de recordar la letra de las canciones, errando de vez en cuando y errando en todas las notas.

Se encendió la luz y se abrió la ventana alta de la casa rosa. Y ante la sonrisa cómplice de los amigos, las últimas notas de una guitarra a la que le sobrevivían 4 cuerdas y el último movimiento de un pandero, se dejo ver la figura adormilada, desaliñada, algo avergonzada, pero siempre feliz, de Nathalia. 

3 comentarios:

Mina Jané dijo...

Jaja, me ha encantado, te juro que la vi!!! como peli. Un abrazote

Alicia G. dijo...

Me gusta, es sencillamente divertido =)

Paulina Bonanni dijo...

Tal vez Micaela tuvo mucha razón en haberle gritado semejante adjetivo calificativo. Muy bien, de verdad me intrigaba el final y definitivamente me fue imposible predecirlo, lo cual me encantó. ¡Saludos!