martes, 27 de diciembre de 2011

Soledades (relato)

Al fin de cuentas, cada vida es una busqueda. Y había que aceptarlo tarde o temprano, los dos esperabamos encontrar algo distinto. Pero claro, hay un factor que nadie toma en cuenta y que siempre estuvo presente. Que siempre está presente. El miedo. Miedo a estar solos.

Los últimos meses (vaya, hablo de meses como otros hablarían de días. Como otros hablarán de años) me duele decirlo, lo nuestro daba señas de no ir en la dirección correcta. Pero ya no me quejaba. Evitaba hablar del tema. El malestar de cada desplante, de cada irritante manía, me venía a causar un hastío similar al de una enfermedad crónica. Disculpen ustedes el ejemplo.

La cosa es que siempre soñé con volar y ella… ella no. Así de simple.

No digo que una cosa o la otra sean malas. Mucho menos que no existiera o en algún momento menguara el amor. Nada de eso. Verán. Cuando alguien carece de pasiones, sólo comparte necesidad. Y mi pasión acróbata fue tan pobremente recibida por su amor terrestre, que nuestra pasión terminó dando pena. Acabamos intercambiando necesidades.

Si fue culpa mía o suya está de más. Incluso acepto que me den el título del malo del cuento. Nada cambiará, al cabo, lo que ya pasó.

Ella, no era más bonita, ni más inteligente, ni más buena. No era, para fines prácticos, el mejor partido. Ni siquiera una mejor opción que la que creía ya haber elegido. Pero tenía algo que la colocó en mis sueños, primero de forma secreta, y ahora pública. Ella, tenía poesía.

No fue un golpe. Fue una estaca clavada de a poco. Primero, recordarla en alguna canción. Después soñar su poco sofisticada sonrisa. Lo siguiente, no olvidar su sofisticada manera de cerrar los ojos. Me conquistó. Y yo no pude, ni quise hacer nada. Un poco de calor, cantó alguien, no viene mal.

La besé.

No fue una tarde de lluvia, ni fue una puesta de sol, ni llegó la luna llena o el olor del café, la música de los pájaros ni nada que hiciera romántico el momento. Pero de sus labios brotaron palabras. Con su lengua me acariciaron vocales. Su nariz fría, cinco años menor que la mía, respiró una fina melodía y yo suspiré, como ahora sigo suspirando.

Me sentí culpable. Pero no arrepentido.

Medí con mis manos sus brazos delgados. Delgados como ella. Delgados. Delgados como el tiempo que duró.

No fueron los reproches con llanto de mi mujer. Ni las críticas de mis amigos y los suyos. No fue la diferencia de edades, ni la opinion de sus padres. No fue mi divorcio. Tampoco remordimiento. No fue falta de amor ni exceso. Es que su vuelo era distinto al mío. No me engañó. Yo lo sabía.

Lo acepté y la besé por segunda vez el día que se fue y me dejó aquí, con miedo. Miedo de estar solo.

La perdí de forma menos trágica, menos dolorosa que la forma en que perdí a mi esposa. Alguien dice que perdí todo. No es cierto. Al final de cuentas la vida es una búsqueda. Yo gané el rencuentro con la pesquisa. Si dará o no frutos, quién lo sabe. Pero así lo acepté.

Mi exmujer, si quieren un final feliz, vive más contenta. Sin el estres de la incomprensión y con un lindo muchacho terrestre.

Yo también, si les interesa, vivo más tranquilo. Aunque a veces, a pesar de todo, extraño.

5 comentarios:

Abraham Ramírez dijo...

Me gusta. Me siento identificado con la sensación tan rara.

Lashmi dijo...

Me gustó mucho!

Dianini dijo...

cuando uno tiene un vuelo diferente, pff!! es tan feo, pero tan cierto.

Julio César Ramírez dijo...

Casi creía que se trataba de mi historia y que la estaba leyendo. Supe que no se trataba de mi pues nunca he estado casado... jaja!! Me gustó. Aun que me hubiera gustado que siguiera más el relato, lo sentí breve.

Anónimo dijo...

aww esta muyy padre.. aveces si te identificas.. y tienen razo la vida solo es una busqueda.. :D