sábado, 9 de marzo de 2013

Tierra seca (relato)


Ella espera. Toma asiento en el césped disparejo a unos metros de la banca de forja, sobre la tierra que se asoma en cada hueco que el verde no pudo cubrir. Se toma las rodillas, se frota las piernas cubiertas de tela sintética y lisa. Consulta su muñeca e imagina que hora sería su tuviera reloj. No importa. Lo mismo da que sean las dos, las cuatro, o las 24 horas. Seguirá esperando. 

No debería, sabe. Quien espera se desilusiona porque no obtiene, pero hace frío, y quiere calor. Recoge piedras y las lanza contra un árbol sin que alguna de con el objetivo.

La tierra está reseca como sus labios, cuarteados por el frío. Hurga en la bolsa, encuentra la pomada y se la unta sin cuidado, primero en el labio inferior y después en el superior, los aprieta y aprieta las ganas de ver, de abrazar. 

Entonces se incorpora, reacomoda la blusa y pasa los dedos por el cabello, palpa el teléfono celular y se pone triste. En la bandeja de mensajes no habrá nada que pueda interesarle. Hace tiempo que no hay un texto interesante. En la maniobra ve la hora. No vendrá, sabe, pero ¿por qué vendría? 

Los pájaros vuelan en grupo sobre el mismo parque. Ella deja una nota en la banca de forja, como todos los días, y se retira rumbo a casa. Mañana no estará la nota. Quién sabe quién la encontrará, la leerá, quizá la guardará o la coleccionará, como a cada una de las decenas de notas anteriores. Pero él, no vendrá y ella se va a soñarlo, como todos los días, hasta que uno, ella tampoco llegue.