viernes, 24 de febrero de 2012

Siete-Ocho (relato)


tu regreso tiene tanto 
que ver contigo y conmigo 
que por cábala lo digo 
y por las dudas lo canto 

nadie nunca te reemplaza 
y las cosas más triviales 
se vuelven fundamentales 
porque estás llegando a casa 

Mario Benedetti

Aquella mujer, la testigo de Jehová, falleció hace poco.

Quizá no la recuerdes, pero la conociste por 5 minutos, acaso 2 más. A pesar de los escasos minutos, ella no te olvido, como yo no pude olvidar esa tarde.

No estabas más bonita, ni más radiante de lo normal. Tu cabello, como el de los miles de personas que caminaban hacia cualquier lado, lucía las consecuencias del viento y la humedad. Era un cuadro gracioso: el DF rindiéndose ante febrero. Pero destacabas. Siempre lo haces.

Caminamos, yo vestido como un vago y tú con la nariz enrojecida  a causa del catarro. Nuestras piernas (¿te diste cuenta?) avanzaban sincrónicas: izquierda, derecha, sin tocar línea. Lucíamos hermosos. Lo digo yo, pero también la fotógrafa que, en la avenida Juárez, se detuvo al otro lado de la acera.Yo te aposté que apretaría el obturador para guardarnos, y lo hizomientras caminábamosentre decenas de transeúntes.

Tú no lo supiste, pero Marcela obtuvo un premio por sus fotografías y un par de meses después colgó nuestro retrato en las rejas de Chapultepec. Fue su primera exposición y, desde entonces,  no ha parado de tener éxito. Cuando esto pasó, tú ya estabas lejos de la ciudad. Ella me vio sonreír frente a la foto y se acercó. Nos hicimos amigos. Poco después me regaló una reproducción, que encontrarás enmarcada en el escritorio de mi estudio. Por eso sé, no lo recordaba, que tu blusa era blanca. Y que todos alrededor de ti eran oscuros.

La ciudad es un ente antropófago. Esa era nuestra tesis mientras intentábamos cruzar, sin éxito,  esa calle que lleva al monumento de la revolución, con minúsculas. Pasamos por las fuentes de piso sin mojarnos. Luego, la gente comenzó a empaparse y tú te reías y yo te observaba.Entonces te supe Amiga, con mayúscula.  Fue cuando apareció aquella señora, con su bolsa de mano en una y con la Biblia en otra. Ya debes recordarla.

“Miren qué feo está el mundo”  nos predicaba, mientras tú asentías con los mejores modales, esperando que ella se apresurara. Y yo sonreía. ¿Feo? Si en ese momento todo era tan bonito porque estabas tú. Allí me di cuenta. Me enamoré de ti. Tal vez debí decirlo. Tal vez no.

Tal vez tampoco debí regresar, pero lo hice y se volvió rutina.  Cada viernes de tarde, desde que te fuiste, con una devoción casi judía, asistí a la puesta de sol en el mismo lugar, con minúsculas. Y ella cumplía su misión. Pronto notó mi costumbre. Uno de esos días se acercó a mí, cerró la Biblia y disparó: La extrañas, ¿verdad? Mucho, pensé y ella escuchó.

Conocí a su hija. No era muy religiosa. Cuando la dejé, su madre entendió. Otras dos mujeres y una más, llevaron sus piernas a mi cama. La última sólo tenía una. Supongo que en todos los casos faltó sincronía. Con ellas, la propaganda procastidad editada por la sociedad de Testigos de Jehová en México, comenzó a llegar a casa. Siempre me sacó una sonrisa.

“Qué feo está este mundo últimamente”, me dijo la última vez que la vi y supe que hablaba de tu ausencia. “Pero pronto todo será más lindo”, y ya no supe de que hablaba.Alcancé a ver su reloj, faltaban ocho minutos para las 8. Esa noche falleció. Al día siguiente, una horda de chistosos se congregó frente al monumento a bailar la coreografía de un programa de televisión que no vale la pena mencionar. Se murió a tiempo para no verlos.

Pero acertó en algo. Tu estabas a punto de regresar y no sabes lo feliz que mi hizo saberlo. Y saber que estarías aquí. Tenía razón Mario; las cosas más triviales se vuelven fundamentales y ahí me tienes, reorganizando toda mi vida, toda mi casa, todo el DF, por si acaso.

No sé cómo regresas. No sé cómo vas a reaccionar. Pero he soñado casi todas las opciones. Te besé en la noche. Te besé en una de las paredes de esta galería. Me besaste arriba de tu árbol, como si  fuera CósimoPiovasco de Rondó y tú fueras Viola, o más bien, como si tu fueras la baronesa rampante que llegó saltando sobre las copas de los árboles y así, colgada de cabeza, con tu cuerpo de bailarina sosteniéndose en la rama más alta, me besaste cómo sólo tú podías.

En el peor de los sueños, te negaste a hacerlo y, en el mejor, nos besamos en el Monumento a la Revolución, con mayúsculas, quiero decir en tu cama.

Pero la vida es sueño y los sueños, sueños son. No sé que estarás pensando ahora, pero sé, en cambio, que algo de esa pasión que tengo, más bien, que me tiene, te tiene a ti también. De otra forma hubieras tomado un taxi para llegar a tu casa, o hubieras pedido que alguien pasara por ti a la terminal. En vez de eso elegiste el metro y no tomaste ni el primero, ni el segundo, ni el quinto, ni el sexto vagón, sino el siguiente, el que tiene la puerta justo frente al anuncio de mayonesa, el vagón donde te dije lo bonita que eras.  Y mientras abordabas sonreías como haciéndote una pregunta que no conozco, pero espero que sea  “¿Cómo estarás tú?”

Por fin, llegó el momento de vernos. Y preparé también estas líneas, que no debí decir aquí, pero te extrañe tanto. Te amo tanto.

A los demás, a los que vinieron a la inauguración de esta exposición, les pido que me disculpen. Las fotos están lindas, de verdad. El segundo salón contiene nuestra foto. No tiene nada que vercon las “Alucinaciones subterráneas” que vinieron a ver, pero convencí aMarcede incluirla en la colección. Perdón de nuevo.

Ahora pediré a Marcela que me acompañe a cortar el listón, para que puedan admirar sus fotografías, y luego te pediré a ti que nos fuguemos,  afuera hay cosas que, por hoy, valen más la pena. Hay opciones. Ocho. Tal vez más.

Por su atención, gracias. 

(imagen; azutoyourdinner.blogspot.com)

lunes, 20 de febrero de 2012

The Help: ¿A qué tenemos miedo?


The Help
2011
Tate Taylor


Somos esclavos que esclavizan. Esclavistas modernos, del siglo XXI. Odiamos, maltratamos, atamos pero, más que eso, tememos. Nuestro devenir se resume en el miedo a los demás y el miedo a nosotros mismos.
La cultura sensacionalista señala, fabrica culpables, nos vuelve jueces de los mismos delitos que ayudamos a cometer.  Allí está el punto.

Un crimen horrendo es la punta de una pirámide compuesta por miles de acciones pequeñas, medianas y grandes. Como en una pirámide de Lego, cada acción, cada frase, cada omisión va asegurando el sistema, en espera de la joya que corone nuestra bajeza. En espera del holocausto.

Cada pieza del Lego es un acto discriminatorio. La segregación nos vuelve vulnerables. Las victimas somos todos. Se trata de una guerra donde todos estamos destinados a perder.

En la segunda década del tercer milenio, hojeamos los libros de historia, miramos películas que versan sobre la segregación racial y nos indignamos, sin apartar los ojos de la pantalla.

La cinta TheHelp, ambientada en los turbulentos años 60 de los Estados Unidos, nos cuenta una historia que ya conocemos, en voz de las sirvientas que en Mississippi se tragaban el orgullo para ser esclavizadas por las señoras de alta sociedad.



El sistema estaba y está cerrado. Parece que las revoluciones pasan lejos de nosotros y pasaban lejos de ellas. El discurso de Luther King se daba a cientos de kilómetros y a años de nosotros. Pero una breve estría en el muro puede cambiar, pudo cambiar, un poco, la forma en que vivimos, la forma en que vivieron.
“Dios dice que amemos a nuestros enemigos”, asevera la mujer que ha sido corrida de la casa donde servía a cambio de unos cuantos dólares, acusada de robo, sobajada por su color de piel. Pero para amar, hay que amar, antes que nada, en primera persona. Aunque las manos tiemblen, aunque la voz se debilite y el miedo nos invada.

Eran días difíciles, de racismo y temor, de muerte y odio. Y aunque parezcan haberse diluido, no hemos tirado la pirámide. No nos atrevemos. ¿A qué tenemos miedo?

Mantenemos un lenguaje sexista y conductas misóginas. Evitamos las relaciones con otras culturas,  a las originarias, las dejamos morir de hambre. Las iglesias demuestran su odio a las personas diferentes, desprecio a las mujeres. La cultura menosprecia por igual a la infancia ya la vejez. La ciudad es difícil para el peatón, imposible para los discapacitados. ¿A qué tenemos miedo? Hay una paradoja. Los discriminados, contra nosotros (muchas veces también segregados), avanzan; nosotros no.

¿Y que falta? La bien lograda, simple, dolorosa, pero con buen humor, TheHelp, nos da una respuesta que suena a lugar común, pero que se queda rondando la cabeza: atreverse. Tal vez funcione y un día tiremos la pirámide, cuando quitemos un Lego más de la base.